Adultos
El silencio explotará tus sentidos, la tragedia, la indignación y el amor…
Shhh...
Manuel Cárdenas M
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN................................................11
CAPÍTULO 1
Pobreza de los pobres.........................................6
Carteras…..………………………………………………………….…8
El mal camino………………………………………………………. 9
CAPÍTULO 2
Shadany...............................................................12
Kimberly se inicia………………………………………………..14
Chocolante caliente………………………………………..….18
El odio de Shadany …………………………………………..21
CAPÍTULO 3
La persecución …………………………………………………..23
De Fiesta ……………………………………………………….….24
Cambio de empresa ………………………………………….27
Otras actividades ……………………………………………29
Pasando lista …………………………………………………….30
CAPÍTULO 4
El Carpintero de Kim……………………………………...31
Segunda vuelta ………………………………………….…35
Casita de cartón…………………………………………-.37
La mascota preferida…………………………………..42
La Feria del pueblo……………………………………….45
El secuestro………………… ……………………………….47
CAPÍTULO 5
La payasita……………………………………………………..52
Gusanito…………………………………………………………..55
Ajuste de cuentas………………………………………..58
CAPÍTULO 6
La traición……………………………………………………….63
CAPÍTULO 1
LA POBREZA DE LOS POBRES
Con el frenesí de la multitud, sobre la gran avenida de Angelópolis,
John Perry miró desencajado a una pordiosera de avanzada edad que pedía limosna
sentada sobre la banqueta, la imagen contrastaba con la majestuosidad del hotel
de lujo, de donde salían huéspedes adinerados que le arrimaban monedas y billetes.
La anciana se caracterizaba por usar diariamente un rebozo de
colores grises y vestidos obscuros, caminaba con dificultad y algo encorvada.
Tenía un horario fijo, de 10 a 4 del día con semana inglesa, no iba en sábados,
domingos, ni días festivos.
Las circunstancias no le habían favorecido a Perry, su esposa lo
había abandonado dejando a su pequeña hija de tan solo 7 años en un amargo
recuerdo, luego de ser despedido de su empleo.
La desbordante tarea de buscar trabajo quedó plasmada en esa
patética imagen, su complexión atlética distaba del cuerpo enjuto que ahora
mostraba, las solicitudes como agente de seguridad y mozo de limpieza se habían
quedado traspapeladas en los escritorios de las agencias de gobierno y de
empresas zapateras de la inquietante y sofocante ciudad.
Habían pasado ya tres meses, ese día traía hambre. Desaliñado, con
el arrastre de los pesados días, pensó en pedir limosna. Total, a la señora,
aunque zarrapastrosa, traía dinero, se percató en esos quince minutos que se
quedó allí, ella comprendería, ¿qué tan mal le podría ir?
Tras separarse de su esposa, sus amigos le dieron la espalda, sin
ninguna explicación. Solo callaron y se fueron alejando con los días.
Un hombre trajeado llegó a su lado y le dijo: Esa señora, ahí como
la ves, tiene mucho dinero…
-¿Qué dices?, contestó contrariado Perry.
-Mira, ella solo extiende la mano y le cae del cielo todo el dinero
del mundo, refirió el hombre.
-¿Cuánto tiempo tiene allí pidiendo limosna?
-Tengo años viniendo a este hotel y ella siempre está mendigando.
Pero ahí como la ves, trae mucha lana. Pídele para un taco.
-No, ¿cómo crees?, tú dame algo…
-No, yo no traigo cambio.
-Pero ella no te lo negará. Y si quieres saber más, ve hasta su casa
y verás de lo que te estoy hablando. Ya me han contado mucho de ella, advirtió.
Aquel hombre se retiró para entrar al hotel, dejando estupefacto a
Perry, quien le temblaban las manos del hambre acumulada. Con interrogantes
rondando su cabeza, se acercó a la pordiosera y preguntó, traigo hambre ¿me
podría apoyar poquito con algo para comer?
De repente esa mirada triste cambió y con ojos airados, le contestó:
-¿Quién te crees que eres para venir a mi plaza y pretender quitarme
mi lugar? No sabes quién soy, vete de aquí antes que te haga un escándalo.
-No quise molestarla, solo quería una moneda, traigo hambre.
-Mira pordiosero muerto de hambre, búscate tu propia esquina, pero
aquí en este sindicato no entras…
El hombre se retiró del lugar, y ya faltaba una hora para que
terminara el turno de la anciana. Decidió seguirla para ver de qué trataba ese
chisme.
En ese momento él deseaba ser pordiosero mientras encontraba un buen
empleo, envidiaba insistentemente a la anciana. Se sentó frente al hotel donde había
algunas bancas de metal sobre el camellón de la avenida y estiró la mano, solo
le cayeron las miradas furtivas de los andantes.
Al llegar el tiempo, ni un minuto antes, la anciana se levantó de su
asiento de asbesto y comenzó a caminar, Perry la siguió hasta la parada de
buses, unos vendedores de frutas la saludaron amablemente y lo mismo hizo el
chofer del camión, pagó su boleto y se sentó en los primeros asientos.
Bajó en una zona residencial y se encaminó calles más adelante, a
esa hora salían muchos albañiles y mucamas de esas casas. La siguió hasta que
entró a una de las más bonitas de la región.
-¡No puede ser!, pensó. Entonces más por morbo que por curiosidad
tocó el portón de dicho lugar. Salió una muchachita de buen ver y le preguntó
por doña Concha, así la habían saludado los puesteros.
-La señora no lo puede atender, acaba de llegar de trabajar, se da
un baño y luego se acuesta a descansar.
-No, yo hablo de doña Concha, la señora del rebozo…
-Sí, ella es la dueña de este lugar…
CARTERAS
Anonadado regresó y meditaba seriamente en seguir buscando trabajo o
convertirse de plano en pordiosero, seguía con hambre. Tomó un camión rumbo al
centro, pero en esta ocasión iba lleno, con albañiles y criadas, además de una
que otra persona bien vestida del lugar.
Presenció sigilosamente a un sujeto con cachucha, lentes oscuros y
pantalón de mezclilla, con navaja en mano se acercaba a las mujeres del pasillo
y cortaba los bolsos para extraer sus valores.
Acercándose a los varones meticulosamente sacaba las carteras de las
bolsas traseras de sus pantalones. El quinto hombre saqueado se dio cuenta y
comenzó a gritar: ¡Carterista, carterista…!
.
El sujeto encapuchado emprendió la huida por la parte de atrás, pero
algunos le pusieron un alto con sus cuerpos, alcanzó a escabullirse sutilmente
casi sin tocar a nadie, por la puerta delantera.
Al salir, empujó a Perry hasta bajarlo del camión. Más por el coraje
de aventarlo que por robar a los pasajeros, lo siguió y en su loca carrera una
cuadra más adelante, el carterista tropezó estrepitosamente, el arma
punzocortante cayó lejos de él, lo que permitió a Perry amagarlo y torcerle un
brazo.
-¿Por qué lo haces?, preguntó, Perry al tiempo que forcejeaban en el
piso.
-¡Porque tengo hambre!, contestó el carterista.
Perry contrariado por la respuesta, antes de soltarlo, le preguntó:
¿cuánto dinero traes para soltarte rápido?
-No sé, todo es tuyo, cuéntalo, pero suéltame…
Lo bolseó y le sacó todo su motín.
-Vete, le ordenó Perry.
Como diez mil pesos de todos los tamaños, colores y sabores. El
dinero le alcanzó para saciar el hambre en un puesto de tacos y ataviarse de
ropa nueva. Sin remordimientos recordó aquel dicho: ladrón que roba a ladrón
recibe cien años de perdón.
Ese día decidió su suerte…
EL
CAMINO AL MAL
Perry se afianzó a la idea de recuperar su vida. Pensó en la suerte
de la anciana y del carterista.
Aquel día cuando su esposa le dijo que se iba de casa, platicaron en
la calle, ella le reclamó que a causa de su traición se iría con su hija y se
llevaría todas sus pertenencias. Perry estaba demasiado asustado para una
decisión tan extrema, no recapacitaron, no discutieron, no hubo una explicación
justificada. John preguntaba con insistencia el motivo, porque en esos momentos
él tenía buen trabajo y no existía alguna otra mujer.
Shadany lo miró de una manera lastimosa, tomó a su hija de la mano y
se fueron en taxi. Ella dejó a los hombres de la mudanza para que recogieran los
muebles de su departamento. Perry al entrar se desvaneció, amaba a su familia
sobre todas las cosas, su esposa, su hija, sus años de lucha juntos. Se llevó
las manos al pecho con un profundo dolor en el corazón y cayó al piso
respirando con dificultad.
A los trabajadores de la mudanza no les importó, pasaron por encima
del cuerpo de Perry quien yacía tirado a punto de morir, sentía su cuerpo y su mente a punto de
explotar, no entendía razones, no había
motivos.
Con la vida colgando de un hilo, llegó un niño curioso al
departamento, lo encontró en el suelo y fue con su mamá a informarle de
inmediato, quien llamó a la ambulancia y lo pudieron estabilizar en el
hospital, tragándose el amargo momento y la ardiente angustia de la duda
extendida.
Se gastó los ahorros que tenía para sobrevivir, trató el asunto con
sus amigos quienes lo menospreciaron, y le dieron la espalda en todo sentido.
Durmió en las calles, tendía un oloroso cartón como cama y se cobijaba con
periódicos. Iba a mercados a recoger frutas del tiradero y buscó trabajo
incansablemente hasta que su poco ropaje ya no se lo permitió.
Por varios días se subió al transporte público para perseguir a los
carteristas y estudiar la manera de saquear los bolsillos de los pasajeros sin
que se dieran cuenta.
Observó con detalle, hasta que se hizo amigo de uno de ellos, quien
platicando con él, le hizo varias recomendaciones.
-Debes ser muy sutil, manejar tus nervios, tus sentimientos, tener
tacto, estudiar a los clientes, ver sus ojos, aretes, collares, bolsos, sus
miradas, movimientos, sentimientos, la piel, su forma de caminar, sus aromas,
formas de pararse, sentarse, todo debe ser bien observado con detenimiento en un
breve instante.
Entras al escenario en el momento preciso, encuadras todo el panorama
con las personas que están a su lado, -también son importantes-, deben ir solas
porque si van acompañadas, aunque platiquen, no es aconsejable que las ataques,
porque si te descubren, son dos contra ti. Algunas personas saben artes
marciales, otras portan navajas y otras gas pimienta. Debes cuidarte amigo, la
inseguridad está latente en todos lados. Cambia de ciudades, no te quedes
estancado en una sola, así hay menos posibilidades de que te atrapen.
Las mujeres portan los bolsos en sus brazos, es fácil meter la
navaja sin que se den cuenta, en cambio los hombres, cargan sus carteras sobre
su nalga derecha, con ellos debes usar solamente el pulgar y el dedo índice de
una manera muy frágil y sacar rápido, de preferencia cuando el camión está en
movimiento o cuando la gente vaya pasando.
Perry comenzó a trabajar bajo estos consejos y en sus primeros
tareas logró poco dinero, pero suficiente para calmar el hambre de aquellos
tortuosos días. Su fama en el bajo mundo le dio el sobrenombre de “Perry
galletas” ya que su rostro era cacarizo, debido a que en su adolescencia le
salieron muchas espinillas y le dejaron profundas huellas.
Paulatinamente su labor fue rindiendo frutos y asentaba
fervientemente en sus pensamientos: “mientras no nos cachen debemos seguir
adelante”, aseveró el novel delincuente. Algunos ladrones usaban navajas o
pistolas, él determinó no traer armas, solo su capacidad creativa: mantequilla
en las manos o seda fina en los dedos.
CAPÍTULO 2
SHADANY
La joven empresaria fue ovacionada en el auditorio tras su discurso
de aniversario como una de las gerentes más reconocidas del país, por su
capacidad e ingenio para hacer crecer a una pequeña empresa de zapatos.
Determinante, elegante, inteligente y culta, sus palabras endulzaron
los oídos de los presentes luego de emitir un emotivo discurso: Todos en una
empresa son importantes, el dueño, el gerente, operarios y empleados del aseo.
Las bases, son las que levantan empresas, aquellas personas que se
apresuran todas las mañanas para llegar a tiempo, los operarios, supervisores y
mensajeros, los que hacen el aseo en los baños, quien limpia los pisos y
generan una riqueza para aquellos que ganan más, para los directivos, que dicho
sea de paso, tampoco se puede menospreciar su esfuerzo.
Todos son importantes, pero las bases hacen el trabajo sucio, por
eso deben ser atendidos, alentados todas las veces que se pueda, con bonos por
su trabajo, por su puntualidad, por su gentileza de venir, ellos son importantes y a ellos, quiero
homenajear el día de hoy, dijo con vehemencia y claridad.
Les quiero agradecer por su esfuerzo, por la calidad que imponen
todos los días para llegar a este impetuoso momento, y llevar a sus familias el
pan diario (…)
Los perplejos asistentes no desdeñaron el discurso ante los dueños
de otras empresas que habían asistido como invitados de honor. Apreciaron sus
torneadas piernas que se asomaban bajo aquel vestido negro con bordado de
encaje en la parte baja de su prenda, medias y liguero medio escondido, con el
escote de aquellos grandes pechos a punto de estallar, combinado con ese lunar
superior izquierdo de sus carnosos labios, impregnados de un labial rojo
carmesí, dentadura y sonrisa de marfil, asentando perfectamente con su
respingada nariz, ojos azules que enmarcaban sus enormes pestañas y su largo cabello
esponjado por los naturales rizos, esta vez recogido en chongo. Una verdadera
leona salvaje a punto de devorar carne fresca, una fina estampa visual para los
caballeros.
Shadany fue mesurada con sus impulsos, sentada con los directivos en
el banquete vio cómo los trabajadores se divertían. Pattison, gerente de la
empresa Miky Shoes, acompañaba en la mesa a Shadany, quien para romper el
hielo, le habló bonito.
-Estás realmente hermosa esta noche…
-Muchas gracias.
-Mira, no sé cuál sea tu estrategia comercial para hacer crecer las
empresas que pisas. Pero son efectivas y dan resultados, al final es lo que
importa.
-¿A qué viene tu comentario?, preguntó con desdén.
-Hoy vienes muy hermosa, y con la verdad en la mano, eres el sueño
erótico de cualquier hombre.
Ella levantó la ceja en señal de incredulidad.
-Mira, eres una mujer perfecta, inteligente y hermosa. Percibo tu
aroma cuando caminas, no tu perfume, sino esa aura que te persigue, no de tu
cuerpo, sino la sensualidad que expiras donde pisas.
-Ay, hasta pareces poeta, me vas a convencer de hacerte el amor,
ahora mismo…
-Qué más quisiera, dijo con esperanzas Pattison.
El trajeado galán prosiguió con sus halagos y le habló al oído, pues
la música estaba con un alto volumen.
-Hay algo en ti que atrae, la manera en que te ven, sé que eres
casada y que eso te impide soltarte con los demás, dijo mientras ella miraba
sus anillos matrimoniales.
-Soy casada, pero no estoy atada. En este mundo de machos alfa,
siempre tengo que estar alerta, sino me comen el mandado.
-Tienes toda la razón, insistió Pattison, pero yo me refiero a ese
manto alrededor tuyo que te persigue, aun cuando no tuvieras esas prominentes,
atractivas y sensuales amigas que cargas bajo tu cuello, esos ojazos tapatíos y
esa boca tan besable, si yo no fuera casado, estaría sobre ti. Sé reconocer a
gays, lesbianas y amantes sin ser obvios, solo con verlos, siempre hay algo que
los delata, una mirada, su caminar, sus palabras, pero tú eres muy sexual (…)
-Ay amiguito, sé a dónde vas, yo no soy fácil. Tengo como regla no
viciar negocios con los placeres, menos entre compañeros de trabajo, eso nunca
se dará, entiéndelo…
-Shady, ¡salud por tu belleza!
Chocaron sus copas y después ella se levantó de su asiento
apresuradamente y les dijo: enseguida regreso, permiso.
Las palabras de Pattison calaron muy fuerte en su interior y alcanzó
a mojarse, fue a buscar venganza donde ella podía hacerlo sin temor a
represalias.
KIMBERLY
Al siguiente día, el ayudante del carpintero, quien hacía unas
reparaciones a petición de su mamá, esperó a que Kimberly saliera de su cuarto.
La estaba cazando para robarse unas tangas de ella.
Al entrar, lo primero que vio fue una habitación desordenada, con
ropa tirada en el suelo, la cama desatendida, cobijas desdobladas y tenis
amontonados, como toda buena estudiante de la edad.
Cuando vio las prendas tiradas en una esquina, de inmediato las
recogió, con la marca del uso diario, las aspiró como si quisiera acabarse el
aire, ¡qué rico huelen! deliró.
Se acercó a su mostrador con los maquillajes revueltos y en una
cajonera encontró una bolsita con yerba verde y otra con pastillas blancas, las
metió rápidamente a su pantalón, pero llamó poderosamente su atención un
cuaderno con una portada de corazones rosas.
Lo abrió y se encontró con los pensamientos de la chica, se sentó en
la orilla de la cama y empezó a leer con sumo interés.
12 de agosto de 1996
Querido Diario: Dicen que soy una chica muy guapa, con una cara
bonita, chiquita de un metro y cincuenta y cinco de estatura, aparento muchos
años menos, delgada, de cintura reducida y mis pechos son medianos, no tan
grandes como las de mi mamá, pero con una enorme cadera (que compensa todo mi
cuerpo) algo tímida y tranquila para mi edad y dicen –las malas lenguas- que
soy portadora de una desbordante sensualidad.
Richard
-mi amigo y compañero del colegio -me describe como una pequeña diosa. Soy de
ojos azul esmeralda, nariz chiquita respingada, boca carnosa, -como la de mi
mamá- y una partición a la mitad del labio inferior; de piel blanca no rubia,
más bien morena clara, pelo castaño claro, hasta arriba de la cintura,
ensortijado.
Estoy
acostumbrada a que me halaguen, no les doy ya la mínima importancia. Esto me
pasa desde que tenía como ocho años. En ese entonces sí me asustaba que me
dijeran cosas en la calle.
Al
pasar cerca de Richard, me decía: ¡ahí va mi novia…! y yo le contestaba: ¡ya quisieras
chiquito!
Mi
madre hace vida de soltera desde que yo tengo uso de razón, he conocido a
varios de sus amantes, Para mí ya es natural ver como la cachondean y aprendí.
El
asunto es que a mi papá ya tengo varios años que no lo veo, desde que tenía como
7 años. Vivimos bien, en una gran residencia, producto del trabajo de mi mamá
que dirige una compañía.
Ella
no se ha enterado que yo la veo desde el descanso de la escalera que da al segundo
piso, me escondo tras el pasamanos, lo delgada que soy me permite tener una
cómoda posición en un reducido espacio, así que he disfrutado esos momentos de
magistral sexualidad.
Desde
chica empecé a sentir ese cosquilleo en mi entrepierna y tocaba mi botoncito. En
el espectáculo sexual de mi mamá y su amante en turno, al principio solo los veía, haciéndome sentir
cosquillas y una calentura imparable en mi vaginita.
En
la variedad de hombres supe que cada quien tiene su propio estilo, algunos son
excelentes para el trabajo oral y otros más salvajes. Esos me gustan más, no sé
por qué…
Su
última aventura resultó ser un vouyerista, al hombre le gustaba sentarse frente a mamá y le pedía que
la dejara ver su entrepierna para masturbarse. Ambos lo hacían con la
ropa sobrepuesta y eso me excitaba. Mi mamá tiene unos prominentes senos y unas
piernas muy torneadas, además es muy sexosa.
Parece como si todo el tiempo estuviera diciendo, ¡cójanme, cójanme!
Un
día llegué más temprano de lo habitual, me subí a mi recámara e iba a bajar a
la cocina por un rico helado cuando de repente, la puerta se abrió de un
portazo.
El
cliente venía muy cachondo. Un verdadero bombón de chocolate que llegó dándole
un apasionado beso de lengüita, exuberante, se mordían los labios y ambos
jugaban con sus manos. Ella le agarraba su miembro encima del pantalón y él se
agasajaba con su cuerpo.
Mi
madre lo enredó con sus piernas, se encaminaron al sillón de la sala, él se
separó bruscamente de ella y le ordenó: ¡abre las piernas y mastúrbate!, ella
suspirando muy alto, le dijo suplicante: ¡no… sigue más, métela ya, quiero
sentirla dentro de mí, él le reiteró: ¡ábrete y tócate!
Mi
mamá apartó su falda y comenzó a tocarse encima de sus tangas con pequeños
círculos, él metía su mano debajo de su pantalón y comenzó a rascarse con sus
dedos. La escena era diferente viéndolos frente a frente. Luego ella metió el
dedo por debajo de sus panties, mientras que él sacaba la polla de su jaula y
como tremenda fiera comenzó a rugir.
Esta
escena provocó que me tocara de manera esquizofrénica, ella no pudo más y se le
fue encima para saborear semejante miembro, al principio solo su lengua subía y
bajaba, él se quejaba de manera bestial, mientras decía lo rico que sentía con
esa gruesa voz que me hacía temblar.
Lo
engullía y luego se iba a sus testículos donde se embelesaba por largo rato, él
la agarraba del pelo con sus dos manos, la movía y empujaba, a punto de
ahogarse. Acto seguido, él encauzó la situación y literalmente se echó un
clavado a su panochita, metía la lengua, la sacaba, la recorría y ella gritaba,
¡qué rico, más, más…!
Yo
me seguía tocando desesperadamente, no se daban cuenta de mi angustiante
respiración y nunca me imaginaría aquel macho alfa cogiéndome así de rico.
Suspiraba y yo quería una cogida ahí mismo, que me reventaran mi virginidad, mis
dedos daban círculos en mi clítoris y yo jadeaba más fuerte, apretaba mis
pechos una y otra vez. Hasta que ella no pudo más y le ordenó, ¡métela más,
métela toda… ya, ya, por favor… no aguanto!
Entonces
él le levantó las piernas, y metió su miembro, pero no le cabía ni la cabeza,
fue empujando poco a poco. -No cabe, le dijo con una aguda voz angustiada.
-¡No
la metas todaaaa!
Esa
sugerencia lo enardeció, porque empujó hasta que pudo hacerlo, pero no llegó al
fondo, ella alcanzaba a ver que no le cabía. Yo deseaba algo más, entonces mis
dedos se metieron sigilosamente hasta dentro de mi ser, contrariada y muy
excitada.
Comenzó a empujar más fuerte hasta que ella se la tragó dentro de sus entrañas
y gritaba: ¡Nooo, toda nooo, toda nooo!, pero ella lo atraía de sus nalgas y
seguía protestando, ¡toda nooo, toda nooo, no me cabe toda!
Yo
escondida me masturbada furiosamente, hasta que él la cambió de posición y le
dijo, siéntate…
-Nooo,
no me entrará, dijo con una dulce voz.
-Métete,
tú puedes controlarlo.
Entonces
ella se encimó en aquel hombre negro y agarró semejante bate para meterla
despacio, el chupaba sus pechos, hasta que le cupo toda otra vez y comenzó una
desquiciada cabalgata.
-Cógeme,
cógeme más, le decía insistentemente. Me gusta cómo me coges, dame más duro,
más, más…
Y
en esa posición él le propinaba tremendas nalgadas y luego unas cachetadas,
junto con las puñaladas que ella misma se metía, hasta que él lanzó un grito
carrasposo que hizo venirme tan solo de escucharlo. Los tres terminamos a la
misma vez. Me escabullí entre las penumbras bajo la tenue luz y me fui a
dormir, sin mi helado, pero feliz.
CHOCOLATE CALIENTE
Veía
los brazos atrayéndola a él de una manera vertiginosa, mi blusa de
algodón y mi pequeño shorcito se hicieron a un lado para dar rienda suelta a
una masturbación escondida. Mi madre tenía un letrero tatuado en la parte baja de
su espalda que decía, cógeme, yo no lo conocía, no lo había visto antes.
Abrí
un poco más la puerta para irme a la sala y poder ver desde ahí el espectáculo
y así tocarme sin ningún remordimiento, total ya estaba acostumbrada.
Llegué
a la parte final de esta historia porque el hombre de chocolate se quejó largamente
para terminar su gran faena dentro de la humanidad de mi pobre madre, ella solo
alcanzó a decir, estoy muy cansada, dormiré un poco.
Yo,
como acababa de llegar, me quedé sentadita, con una pierna abajo del sillón y
la otra arriba, con mi puchita mojadita y sin dejar de dedearme, pensaba en la
imagen del macho que acababa de ver.
Aún
no terminaba de pensar cuando de repente veo al amante de mi mamá saliendo de
su cuarto, tenía tatuajes en brazos y pectorales, cerró tras de sí la puerta,
miré su tremendo bulto colgando entre sus piernas, -como que iba a la cocina,
porque mi mamá tiene baño adentro de su cuarto- me miró y se sacó de onda.
-¿Quién
eres? preguntó.
-Soy
Kim, la hija de Shadany.
-Ooh,
no sabía que tenía una hija tan hermosa y sobre todo tan cachonda, -dijo con
acento extranjero- pues me vio expuesta sin ningún asomo de vergüenza.
Se
acercó a mí y sin ningún aviso se agachó y me empezó a habilitar con la lengua
y su carnosa boca en mi conchita, despabilando totalmente mi desvelo. Se
sumergió dentro de mí, subía y bajaba, luego la metía y chupaba de una manera
genial, yo enloquecía, pero me tapaba la boca con mis manos para no gritar y no
despertar a mi madre.
Me
mordía plácidamente por los labios menores y luego absorbía, recorría cada
parte de mi centro sexual, mientras él levantaba su verga con su mano, no dejé
que lo hiciera solo, así que yo colaboré en la misión. Me recosté para hacer un
69, pero craso error mío, su pene ya estaba erecto y no cabía en mi boca, así
que solo lo lamí en todo su esplendor.
Mientras
él se daba el placer de saborearme, subía hasta mi vientre y luego bajaba por
mi vagina hasta la punta de mi culito. Me enardecía, pero luego pensaba si me
iba a culear, yo no quería sentirlo por detrás, solamente por delante.
Llegado
el punto, se levantó, como orgulloso y se dispuso a meterme toda la verga con
curva de plátano ennegrecido, yo con mis piernas abiertas, se acercó para
golpearme en el ojo vaginal, la puso en la entrada y comenzó a empujar.
-No
te cabe, así me gusta, murmuró.
Dos,
tres veces y no entraba, yo estaba muy mojada, pero no cabía semejante falo,
así que le dije, deja que se te baje, para que pueda entrar. No hizo caso y
siguió empujando, hasta que entró solo la cabecita, siguió insistiendo hasta
llegar a la mitad, eso creo.
Así
se metió varias veces, entraba y salía, entraba y salía, me besaba, mordía mis
pechos, me acariciaba el cuello y seguía enardecido tratando de meterlo todo,
pero era imposible.
Yo
era muy estrecha para semejante maduro y no dejaba de emitir mis pequeños
gemidos cada vez que lo intentaba, porque me dolía, y yo le insistía,
despacito, despacito, soy virgen, soy virgen…
De
repente, mi mamá se despertó y desde su cuarto gritó, ¡Rocco, Rocco! ¿Dónde
andas?, nos levantamos como de rayo con nuestros cuerpos sudorosos, él se metió
al cuarto, yo me dirigí a la cocina a gatas, como a preparar algo, entonces
sale mi mamá y me pregunta:
-¿Qué
haces Kim?
Ya
me había reincorporado, la miré de reojo, de espaldas, tras mi hombro y con una
sonrisa sarcástica, le dije dulcemente:
-Me
preparo un chocolate caliente…
EL ODIO DE SHADANY
Por
la mañana, Shadany con la resaca de la noche anterior preparó el desayuno de
mala gana, invitó a su hija para que bajara al comedor. Kim llegó muy contenta
por las escaleras, cantando y brincando, ambas comenzaron a comer. Enseguida Shadany
mirando fijamente a Kim preguntó fríamente:
-¿Me
estabas espiando anoche?
-Mamá,
todas las noches llegas con una persona diferente, empiezas a gritar y patalear
como si te estuvieran matando, anoche hiciste mucho ruido, las paredes
temblaban y bajé, no sabía que estaba pasando, dejaste la puerta abierta de tu
habitación, lo vi todo, lo veo todo desde siempre, no eres muy discreta que
digamos, eres muy escandalosa…
-Eres
una pervertida Kimberly, búscate un novio, no te he conocido a alguien, tú no
debes ver lo que me pasa, tienes que meterte a tu cuarto y dormirte, reclamó
Shadany.
-Mamá,
soy una adolescente, esto pasa todos los días contigo, lo veo en la tele, en la
escuela, en todas partes, no me espanto y conozco bien el tema de la
sexualidad, así que no me vengas con que me esconda, si tú no te escondes.
Además no me gustan los novios, son aburridos y celosos.
-Eres
una majadera, ¿cómo te atreves a hablarle así a tu mamá?
-Mamá,
no soy una majadera, si no quieres que vea, ve a otro lado, hay moteles de
servicio, hay carros, parques, hoteles de lujo, no sé por qué me reclamas si tú
eres la que empieza con el desorden.
-Sabes
mucho, ¿A poco tú ya los hecho niña escuincla?, preguntó extrañada.
-Mamá
no soy tonta, por qué me odias tanto, siempre has sido mala conmigo desde que mi
papá se fue.
Y
con un álito de melancolía, Shadany perdió la mirada viendo a la nada, recordó…
-Cuando
me casé con tu papá yo tenía solo 17 años, él 20. Estaba muy enamorada de él, y
me escapé de la casa de tus abuelos. Tú naciste al siguiente año y veía a tu
papá muy contento contigo, te cargaba a todas partes, jugaba mucho contigo,
reían mucho y se me fue de las manos el día que me traicionó, el día que nos
traicionó. Lo he odiado con toda mi alma, nos hizo mucho daño, han pasado los
años y yo aún sigo con mis anillos de matrimonio. Aún tengo esperanza, lo amaba
con todo mi corazón, no te odio, ¡solo tengo un extraño resentimiento!
-Mamá,
ya déjame en paz, no sé de qué hablas. ¡Te odio, te odio…!
Kim
saliendo enojada se va a la escuela, mientras que Shadany aclarando sus
pensamientos con un leve murmullo que sale de sus labios, dice, te odio porque
eres hija de Perry, odio mi trabajo, odio lo que hago…
Al
llegar Kim al colegio, sus amigas Andrea, Lorena y Gaby la vieron llegar con un
llanto desconsolado y se la llevaron al jardín para platicar sobre lo que pasó.
Kim
les relata la anoche que tuvo con el bombón de chocolate con su plátano doblado
y el odio que siente por su mamá.
-
¿Y te lamentas porque no te lo metió toda?, ellas morbosamente se burlaban a
carcajadas.
-Ay
no chicas, lo que pasa es que ahorita en el desayuno mi mamá me reclamó que por
qué yo la espiaba todas las veces que ella llegaba con sus amantes, yo le
expliqué que porque es muy escandalosa, ¡ya, ya, toda no, toda no!, ¡me vas a
matar, me vas a matar! le decía al Rocco.
Soltaron
la risa escandalosa a ese grupo de chicas a quienes conocían en el colegio como
Las Bocinas, Kim ya había desvaneciendo su enojo.
-Mi
mamá me odia tanto y no sé por qué. Me voy a vengar y me meteré con sus novios,
aseguró Kim.
-Ya
cálmate, le dijo Gaby. Mira, te voy a contar lo que el sábado me pasó al salir
del antro después que te saliste.
CAPÍTULO 3
LA PERSECUCIÓN
El Comandante Peter Harris mostró su enojo al saber que el número de
víctimas se había incrementado en los últimos meses y denostaba molestia e
impotencia porque las mujeres no levantaban denuncias y el castigo legal lo
ataba de manos.
Llamó a tres de sus oficiales para encargarse del asunto en el
transporte público y en conciertos, donde crecía el mayor de los problemas. Los
últimos informes lo ubicaron al sur de la ciudad, donde normalmente se daban
este tipo de anomalías.
Las oficiales Marina, Irene y Samatha con alto rango de belleza
fueron aprovechadas por el Comandante como carnada. Con una estatura de 1.60
metros de promedio les encargó el asunto dándoles instrucciones especiales para
atrapar a los “carteristas”, en especial a John Perry. Se treparían a todo tipo
de transporte, minibuses, autobuses, trenes y colectivos, mientras que los
fines de semana buscarían en los conciertos masivos de música popular donde se
aglomeraba la gente.
Marina era morena, delgada y chiquita. Irene, pelirroja, más alta y
de cadera ancha. Samantha, portaba un status de belleza incomparable, alta de
La consigna para atrapar a los delincuentes a cualquier precio, era
buscarlos hasta ponerlos contra la pared. La vestimenta tenía que ser sexy,
atrapadora. Sin portar el uniforme oficial les recomendó que sacaran lo mejor
de su clóset.
Al día siguiente comenzaron la búsqueda.
DE FIESTA
Shadany recordó sus prácticas profesionales en la carrera de
ingeniería industrial mientras miraba a los chicos divertirse. Pensaba en su
clásico dicho: “No voy a quedarme con las ganas de lo que pudo ser y no fue”.
En esta empresa le pagaban por sus prácticas, cosa que no se daba en
las demás. Le dieron la bienvenida y trabajó en asuntos administrativos
relacionados con su carrera, por algo se empieza, mencionó. Fabricaban botas y le
enseñaron a contar tiempos de armado, ensamblado y compras.
Poco a poco empezó a notar que la mayoría eran hombres, no le
incomodaban sus miradas, al contrario, siempre que bajaba a planta o al
almacén, sentía que le perseguían los ojos lascivos, le parecía bonito, se daba
gusto, movía más sus caderas al caminar, procuraba siempre llevar faldas
cortas, pantalones muy ajustados y blusas escotadas, dejando poco a la
imaginación con sus tremendos pechos que salpicaban a la vista de cualquier
mortal, desbordando siempre su espléndida belleza y majestuosa sensualidad. La
mayoría eran hombres entre 20 a 50 años.
Al fin de mes la planta obtuvo muy buenas ventas, la producción iba
en ascenso tal y como lo calculó. El jefe tenía como costumbre que por buenos
resultados organizaba un pequeño convivio, invitando la comida a todos, la cerveza
y vino estaban incluidos en el menú.
Ese día Shadany decidió vestirse lo más bonita posible, se puso una
blusa rosa con un prominente escote, falda negra suelta con encaje, no pegada
al cuerpo, pero permitía ver cada parte de su hermosa figura. Llevaron
carnitas, pollo y carne asada, la convivencia fue subiendo de tono al calor de
las copas, ellos se embelesaban más y más con las chicas y con la deslumbrante
Shadany.
Los directivos se fueron temprano, algunos empleados atrevidos le
decían lo buena que estaba. Ella con las copas arriba se fue soltando y quedó sin
ningún pudor ante un grupo de cinco hombres.
El Director de la compañía ya no estaba, se fue con su secretaria a
coger al motel, pensó. Bailaban bachata, salsa y rock, y sin darse cuenta,
Shadany comenzó a despabilarse, sentirse húmeda con los tequilas y la cerveza,
el ambiente se tornaba más caliente.
Fue al baño para refrescarse un poco, se vio al espejo, acomodó su
blusa para sacar sus prominentes senos, se acomodó la falda y retocó su
maquillaje. Al salir, los chicos ya la esperaban con ansiedad y no disimularon
sus deseos, se les veía una evidente erección en la entrepierna del pantalón.
Siguieron bailando con ella, aprovechando que estaba un poco borracha y melosa,
tocaban sus senos y sus nalgas, la besaban de manera desesperada, ella emitía
gemidos cortos y suspiraba mientras su vagina seguía lubricándose.
Ya no podía más, así que Shadany decidió llevarlo al siguiente
nivel. Y entonces preguntó: ¿chicos, por qué no llevamos la fiesta a otro lado?
Los invitó a su casa, creyendo que su hija seguramente estaba con
sus amigas. Llegaron, se acomodaron, pusieron música, repartieron bebidas de su
cantina y ella se prendió más, desabrochó la blusa y moviendo la falda les
bailaba sensualmente, quedando solo en ropa interior ellos enloquecían, la
besaban, la dedeaban y sus gemidos cada vez eran más intensos, mientras que
Shady solo murmuraba, ya, ya…
Uno de los invitados la colocó frente a un gran espejo, sacó una
navaja y de manera rápida rompió sus panties y el brasier casi arrancándolos,
dejando solo el liguero en sus piernas para aumentar la pasión. Shadany deseaba
tenerlos adentro, se colocaron alrededor de ella, el primero restregaba su
miembro entre sus nalgas húmedas, otro le besaba el cuello y se divertía
grandemente en sus frondosos pechos y otro lamía encima de su vagina lubricada.
La candela subió al máximo nivel, entonces ella gritaba: ¡ya métela,
métela, no aguanto...! Y uno de ellos la ensartó de un solo golpe tomándola del
pelo por la espalda, ya fielmente lubricada. Los enormes senos se movían al
ritmo de sus embestidas, lo que aprovechó otro de sus compañeros para besarlos
y morderlos dándose un gran festín. Le jalaban el cabello mientras su mirada se
torcía de blanco de tremendo placer.
Cada uno lo hizo de manera diferente, unos fueron despiadados, otros
más pasivos con besos y caricias, a todos los disfrutó con doble ensartada
hasta que eyacularon dentro de ella y el último lo hizo en su boca y pechos.
La hincaron para que los chupara de manera armoniosa, la golpearon
con sus miembros en la cara, no pararon, la llevaron al sillón de la sala, uno
de los chicos se sentó, mientras ella apresurada lo montaba, luego escucharon
una invitación que los dejó perplejos, tengo un rico culo, ¿alguien quiere
entrar?
Sin pensarlo dos veces, uno de ellos comenzó la penetración un poco
lenta, pero una vez dilatada, los tres comenzaron a moverse como animales, ella
cabalgaba totalmente dobleteando la tarea, se rolaban, y ella ya no sentía casi
el tamaño de sus compañeros, estaba sumamente caliente, la nalgueaban
fervorosamente antes de entrar.
En pleno éxtasis, cuando el primero eyaculó en la vagina, como pudo
se salió, pero sintió que le dejó algo de semen adentro, lo restante del chorro
chocó en su vulva y parte del vientre, al final se quedó de rodillas, mientras
todos se masturbaban furiosamente para bañarla de semen, no pasó mucho para que
comenzara la lluvia en su cara, en el cabello y en su cuerpo.
Ya satisfechos salieron de la casa, borrachos y muy alegres, dejándola
como prostituta tirada. Le costó trabajo levantarse, sus piernas temblaban y el
piso estaba muy resbaloso, como pudo se duchó, y se fue a dormir.
No sabía que su hija había presenciado desde las escaleras todo el
espectáculo.
CAMBIO DE EMPRESA
Shadany avergonzada por el crudo recuerdo de aquel acontecimiento,
en la que varios empleados se la cogieron, decidió irse a otro lugar. A los
pocos días le ofrecieron una sub gerencia con buen sueldo en Botas el Potrillo,
donde creó una estrategia de venganza para usarlos a ellos y no al revés.
En la nueva empresa le abrieron las puertas por el porte elegante y
sensual que desprendía de su deslumbrante belleza, pero su carácter se
endureció conforme escalaba peldaños, era hábil, astuta, calculadora y a veces
hasta cruel. Su liderazgo lo consiguió gracias a la determinación de sus
fuertes decisiones.
Así llegó a Elegant Shoes, una empresa con cerca de 50 trabajadores,
pero con pedidos muy grandes al extranjero. El mismo escenario, la misma
actitud de los trabajadores se hizo palpable por cada recorrido que ella hacía
en la nave. Una de sus características para avanzar era llegar más temprano y
retirarse después de la hora de salida.
Los trabajadores no dejaban de murmurar de la nueva subgerente de la
empresa. Al tercer día llegó con un vestido rojo corto y un pomposo escote.
Shadany hizo un recorrido de reconocimiento al almacén, donde se encontró con
tres trabajadores que estibaban unas cajas y preguntó acerca de sus
actividades. Le informaron detalles, sin dejar de verle los deliciosos pechos
que saltaban a la vista.
-Muy bien, dijo, pero esto lo puede hacer solamente uno, así que los
otros dos vayan a otras actividades. El más bajito, con un cuerpo musculoso y atractivo
de ojos verdes, le dijo, bájate, creo que tú nos estás robando.
-¿Que yo estoy robando, por qué dice eso, Inge?
-Solo tengo la intuición, dijo Shadany con una mirada fría pero a la
vez coqueta e hizo una revisión como de rutina policiaca, le tomó de las manos
y se las puso arriba recargadas sobre unas cajas grandes. Le abrió el cierre
del overol, le bajó la prenda de los hombros y lo dejó inmóvil de los brazos.
Metió las manos por la parte de la cadera y se deslizó hasta el
cierre del pantalón, lo bajó y metió la mano hasta tocar su miembro.
-¿Qué haces? Preguntó el empleado.
-Te estoy revisando…
-Pero ahí no me revises, soy gay, soy gay, refirió.
-No me importa, te dejaras revisar, porque bien que me miras yo
cuando camino enfrente de ti, ¿verdad?
-Pero es por envidia, porque eres muy hermosa, además nunca he
estado con una mujer.
-Me parece muy bien, hoy será tu primera vez.
Sacó el falo fuera del overol y lo comenzó a maniobrar con sus manos
lentamente, el hombre se mantuvo en la misma posición, sin mover un solo dedo,
solo cerró sus ojos y dijo, ohhh qué rico se siente.
Shadany lo volteó y le dijo, no me toques, solo si yo te lo ordeno.
Entonces el hombre recibió una dulce y tierna mamada, mientras metía su dedo
medio en el ano de aquel hombre, él solo atinaba a decir, qué rico, qué rico…
Shadany vio unas cajas y se sentó en ellas y le volvió a ordenar, ven
acércate, se hizo las tangas a un lado y lo agarró de las nalgas, tomó su verga
y la jaló hacía con ella para meterlo, él se mantenía inactivo, lo movía a su
antojo, de atrás hacia adelante, lo sacaba y se restregaba en la parte alta de
la vagina, de repente él exclamó, ¡ahhh, me vengo, me vengo!
Ella lo sacó inmediatamente y lo empezó a chupar, échamelos,
échamelos, susurró para tragarlos.
Shadany se acomodó la ropa, se limpió la boca con un pañuelo y le
dijo, muñeco, eres muy rápido. Ahora ya eres todo un hombre. Ella salió rápido
de allí advirtiéndole con una señal, shhh…
OTRAS ACTIVIDADES
Ese mismo día, Shadany llamó a otro de sus empleados a su oficina,
pero lo citó a la hora de salida, le preguntó acerca de sus actividades y del
crecimiento de la empresa. Cerró las cortinas y se sentó en el escritorio con
las piernas cruzadas.
En ese momento una llamada del Director le informaba que se
retiraría de la empresa, que a ella le tocaba el cierre, lo cual confirmó.
Con el vestido negro en V invertido por el frente de su cuerpo,
permitiendo una vista esplendorosa de su brecha, sentada frente aquel hombre,
lo invitó sensualmente con melodiosa voz, ven acércate.
Carlos obedeciendo órdenes, se levantó de su asiento y ella lo
atrajo en medio de un abrazo.
-Qué bonita loción traes, hueles muy rico, olfateó por el cuello del
trabajador, en tanto ella abría más sus piernas para recibirlo.
-¿Le parece? pregunta de manera morbosa el hombre al turno.
-Me parece que sí, dice Shadany, tras besarle el cuello y jalar el
cierre del uniforme, con la misma técnica, bajó la parte de los hombros y ahí
lo estabilizó, abriendo la cremallera del pantalón y sacando el miembro entre
sus manos.
-¿Eres casado?, pregunta Shadany.
-Sí, sí, atina a decir el empleado con tremenda erección.
Shadany lo va acercando a sus piernas abiertas, abre su prenda
íntima y empieza a recorrer con la punta del macho, dibujando poco a poco a lo
largo de su vagina.
-¿Te gusta?, dice ella.
-¿A quién no le gusta?, expresa el hombre.
El bulto de tamaño mediano lo empieza a jalar y él hace movimientos
de entra y saca, le ordena que no lo haga, que ella hará todo el trabajo,
entonces se baja y en el filo del escritorio ella se mueve de atrás hacia
adelante, mete el dedo medio en el ano del hombre quien no se queja, luego le
pide a él que le levante una pierna para que pueda entrar todo el trozo.
Shadany hace movimientos bruscos y aprieta su vagina mordiéndole la
oreja, él no aguanta y eyacula dentro de ella.
- Ya, ya, ya terminé…
-Muy bien, vete ya.
Él cierra su overol y antes de irse le propone ir a un bar a tomar
unas copas, pero ella no acepta y lo despide tras advertirle, ¡Shhh…!
PASANDO LISTA
Shadany estudió rigurosamente todos los rincones de la fábrica y
planeó estratégicamente los lugares y tiempos de los empleados para echarse
tres suculentos platos al día y concluir con la planta laboral en menos de tres
meses, sin incluir a los directivos, a ellos los trataría con respeto y esmero.
Uno por la mañana antes de entrar, uno a la hora de la comida y el otro después
de la hora de salida como si fuera su dieta diaria.
-Aguanto eso y más, presumió en su mente.
Así que conforme pasaba su lista de empleados, los citaba antes de
entrar a checar o los hacía esperar a la hora de salida. A los que ya habían
tenido sexo con ella, les advirtió que su silencio tenía que ser absoluto, so
pena de sacarlos de la empresa o de no repetirles la experiencia, pero a cambio
tenían que mejorar en sus funciones y condiciones de trabajo.
Shadany motivaba así a la plantilla laboral para que las empresas
crecieran en esmero y calidad. En eso se basaba su éxito, porque en menos de
tres meses los trabajadores cumplían satisfactoriamente las tareas
encomendadas, pero además incrementaban los bonos de puntualidad así como de
productividad y calidad los cuales eran registrados al cien por ciento.
Una vez que habían caído en su telaraña, los empleados esperaban con
ansías un segundo llamado de parte de la gerente, ya sabían que estaban
atrapados y esperanzados pero no sabían que era su red de venganza.
CAPÍTULO 4
EL
CARPINTERO DE KIM
23
de septiembre de 1996
Querido
Diario:
Somos
unas chicas malvadas, traviesas y juguetonas. Yo no sabía, que la mayoría de chicos buscan -de alguna manera- vernos
bajo la falda, desde entonces, comencé a ser más coqueta con mis
vestidos, faldas y shorts, caminaba y me sentaba provocativamente para que
ellos vieran mi ropa interior, azules, rojos, amarillos, negros, blancos y a
veces sin nada, obviamente de manera disimulada.
Un
día, mis amigas y yo, dejamos ver
nuestros encantos a unos chicos de tercer grado que jugaban volibol frente
a nosotras. Jamás había visto cometer tantos errores en un solo partido y me
excitaba saber que esto los provocaba. Me reía bastante para llamar su atención
y me excitaba.
Me
agradaba sentir las miradas de los chicos cuando nos sentábamos y les
permitíamos ver poquito algo más de nosotras; nos daban ciertas preferencias y
nuestras calificaciones mejoraban con los maestros cuando coqueteábamos.
Mi primera vez fue a los 18. Dicen, que la primera
vez determina la vida de una mujer. En cierta ocasión mi mamá contrató los
servicios de un carpintero para darle una “manita” a la cocina de la casa.
El
carpintero era un señor de 37 años, bastante atractivo, barba de candado a ras,
pelo negro corto, ojos color miel y una mirada matona, como enojado, de pocos
amigos. Mi mamá coqueteaba frecuentemente con él, su ayudante era más joven,
quien no dejaba de verle las piernas a mi mamá.
Como
al tercer día, sentado en un banco frente al comedor, el carpintero se
encontraba alistando su herramienta, yo tomé asiento para leer un libro frente
a él, separé mis piernas con una
minifalda roja y una blusa amarilla abotonada hasta debajo de mis pechos con
escote, con mi vientre descubierto.
Imaginé que él se daría cuenta que lo estaba provocando y fijó su vista
en mí, puso una mirada que me asustó, pero me puso muy cachonda. Abrí un poco más las piernas y sin
decir más, aquel sujeto grande, con vello en su pecho y fuertes brazos, se
levantó, caminó hacia mí y con voz mandona me dijo: ¡déjame ver más y yo te enseño lo que tengo
aquí! Al tiempo que decía eso, se agarraba el bulto que yo veía
libidinosamente sobre su pantalón.
Su
mirada morbosa me espantó un poco y solo lo miré a los ojos con una risa poco nerviosa, abrí mis piernas dejando al descubierto mi
muy mojada tanga tipo cachetero.
Inmediatamente se agachó y recibí una salvaje, tosca pero a
la vez, la más encantadora de las chupadas de mi vida. Él carecía
totalmente de tacto, lo rudo de sus
manos me hacían sentir más caliente, abría y lastimaba mis piernas, su
barba me raspaba mientras me lamía, me sostenía de una manera nada delicada,
sus pulgares y largos dedos se hundían a cada lado de mi entrepierna, hacía que
mi panochita estuviera totalmente a su disposición.
Me paró del asiento y mientras chupaba me nalgueaba
muy fuerte, me dolía, pero me gustaba, las abarcaba por completo con sus
tremendas manos, las jalaba hacia él, tocaba mi botoncito, me mantuvo en esa
posición comiéndose literalmente
mi rajita, y cuando dejó de hacerlo me dirigió una mirada y me dijo, eres
la más sabrosa y deliciosa que he probado, ¡ahora vas a saber lo que es un buen
bulto!
Me
jaló las piernas y me tumbó de espaldas. Su rudeza me encantaba, sentía que si le decía que no, me podría golpear
o lastimar, así que lo único que hacía era no oponerme a su embestida,
esto lo excitaba más, ya que aumentaba su fuerza y solo me decía:
“Tranquila, te va a gustar, se nota que te encanta”.
Al empezar a penetrarme, le dije dulcemente…
-Más
despacio porque me duele, soy virgen.
Se
detuvo un momento, me miró, se rió y exclamó: ¡hace tiempo que no le rompo la panochita a alguien como tú!
Escupió
sobre su mano, untó su saliva en
mi rajita, colocó su miembro venoso y viril en mi entrada y de un solo
movimiento metió toda su verga hasta adentro, yo solo hice un arco en mi
espalda, mientras él empezó a entrar y salir suavemente. Solo al principio,
después agarró vuelo y bombeó rápidamente, sintiendo ya más placer que dolor,
estaba disfrutando ese momento de gloria indescriptible, tantas veces soñado.
Mi recuerdo con el bombón de chocolate había quedado atrás, pues no la metió
toda.
Sentí pequeñas contracciones, como un circuito
eléctrico que recorría todo mi cuerpo, algo indescriptible, muy rico, ese fue
mi primer orgasmo provocado por el miembro de un hombre que me estaba cogiendo
como una muñeca de trapo, lo delgado de mi cuerpo le permitía moverme a su
antojo.
Me
encantaba, hasta colaboré cuando él jalaba mi cadera hacia adelante, no me
atreví a decirle que me dejara, que ya no, y lo empujaba al principio suavemente
de su cadera y solo veía por respuesta una mirada de apetito insaciable y una sonrisa
socarrona.
Sacó su verga de mí, me hincó, la colocó en mi
boca y me ordenó: ¡trágatela toda, chúpala bien, porque si no me gusta
cómo lo haces, me voy a enojar! Chupé su
verga por largo rato hasta sentir mis labios entumecidos y mi mandíbula
estropeada, su sabor combinado con mi panochita me gustaba, en ocasiones intentó meterla toda varias veces y mi
reacción natural era de vomitar, eso le causaba risa, me hacía sentir
más excitada y orgullosa.
Él
apretaba mis pechos, los mordía ocasionalmente, sus manos maltratadas por su
trabajo dejaron mis pezones muy sensibles y adoloridos.
Ya había pasado más de una hora desde que empezamos
a coger, me tenía en cuatro y yo quería que ya parara, me desvanecí, estaba
cansada y me salí, le dije, ya no puedo más, no puedo más, y me arrastré por el
suelo para alejarme de él.
Pero fue en vano, me arrastró de mis pies con sus
poderosas manos y me colocó de nuevo en posición de cuatro. Entonces él reclamó
el tatuaje que me había hecho pocos días atrás en la parte baja de mi espalda, casi
como el de mi mamá: cógeme más, con mayúsculas, como para que no quedara duda y
encima de las letras una mariposa azul con grandes alas.
Yo no sabía la hora porque estaba oscureciendo y
temía que mi mamá llegara, entonces me advirtió, solo falta por probar algo más
de ti. Me
tumbó en el sillón, metió su mano entre mi vientre y el sillón, puso mis manos
sobre la pared, me jaló hacia él, me
ensalivó y colocó su miembro en la entrada de mi culito, me asusté mucho
y entonces le dije: ¡no, así no!
Él
insistió, aquí dice, ¡cógeme más y eso haré!
Mi
vagina no lo había resentido tanto, ya que anteriormente por la experiencia de
mi botoncito ya me había metido mi dedito varias veces, así que técnicamente ya
me había hecho el amor.
Se
molestó porque ya no quería seguir, dijo que no estaba en posición de escoger
qué sí, y qué no. Empezó a penetrarme
por atrás, sentí que me partió en dos. A pesar de doler me gustó, no podía creer que estaba gozando el jueguito de la violencia, en él me
gustaba, así que seguí forcejeando poco y él se mostró más salvaje, lo
que me gustó
Indefensa
y cansada me decía al oído, te gusta,
no te hagas, tiemblas de placer. Mis orgasmos me hacían temblar en mi
vulnerable cuerpo, yo me tocaba con mis dedos, tuve varias sacudidas, no supe cuántas, arqueaba mi cintura, aún
sin que me estuviera tocando, me veía gozando como una verdadera perra.
Mi
excitación fue tanta que de pronto sentí semen caliente que inundaba mi culito,
escuché de él un gruñido de satisfacción, de un verdadero macho, como si fuera
un simio cogiéndome.
-¡Ahh perra, qué bonito aprietas!, exclamó al
venirse en mí.
Empujó
de nuevo dos veces más y después se quedó quieto, suspiró largamente, segundos después se levantó, sacó y miró su
falo orgulloso, lo sacudió, -yo me lo imaginaba como un gorila
golpeándose el pecho-, se acomodó sus pantalones, sin decir nada más, se dio
media vuelta, dejándome un recado:
Dile
a tu mamita que mañana vengo a terminar el trabajo y tal vez te ponga otra
cogida. Soltó una risa burlona y se fue.
Tirada
en el piso, adolorida, con calentura y satisfecha por mi primera vez,
chupándome el dedo chiquito de mi mano, me preguntaba si en esa promesa,
vendría él solo o traería a su ayudante…
SEGUNDA VUELTA
En ese momento llegó Bobby, el ayudante del carpintero, a quien le dio
la orden que recogiera la herramienta y se fuera, que ese día no trabajarían.
Extrañado obedeció para luego pasar a la cocina a realizar la tarea
encomendada, llegó por la sala donde yo estaba, me vio medio desnuda en el
sillón derritiéndome con mis dedos en mi vagina, aunque cansada, quería más, me
había convertido desde hacía mucho tiempo en una chica insaciable.
Así que en cuanto me vio se acercó, se detuvo un momento para
contemplarme, yo lo veía tiernamente con mi largo cabello rubio cubriendo mis
pechos, sabiendo lo que me esperaba, bajó su zipper, sacó su verga y comenzó a
masturbarse, ahora ambos lo hacíamos sin ningún recato, distracción o
impedimento.
Esto me motivó más, así que mis dedos recorrían mi clítoris, luego
metía dos dedos dentro de mí, en tanto que él jalaba constantemente su miembro
de arriba a abajo y sus ojos destellaban una especial morbosidad que alteraba
mi cuerpo, yo me calentaba más hasta que le dije, desnúdate, me harás tuya este
día, algo que siempre soñaste, quiero que me regreses mis tangas, le sugerí.
-Ni loco, contestó airado suspirando fuertemente.
Justo en ese momento se acercó a mí, yo le tomé de la verga y
comencé a succionarle la punta, ya la traía babosa, derritiendo miel embelesada
me la comí. Con una mano lo apuntaba a mi boca y con la otra le acariciaba sus
testículos, apenas los rozaba, suavemente.
Luego lo iba metiendo todo a mi boca, me provocaba vómito, pero aun
así insistía en meterlo hasta dentro, con pocas experiencias y ya era toda una
experta, solo viendo a mi mamá.
-Ahora sigo yo, me dijo Bobby con toda seguridad, no era mandón como
su jefe, pero era guapo y fornido. Me dejé llevar y me colocó en misionero,
para luego jugar con mi lengua en un beso largo y apasionado, con mi cuello y
mis pechos, los que mordía de manera intermitente.
En tanto su miembro hacía la labor de entrar, donde encontró cierta
resistencia a pesar que recién me acababan de coger.
-Ohhh, estás tan estrechita, me encanta, me susurró al oído, en
tanto que la metía y yo me desdoblaba mientras sentía que se introducía
lentamente, hasta que logró entrar y me enloquecía que entrara hasta mis
paredes vaginales.
No era tan grueso como el de su jefe, pero igual me provocaba
espasmos por cada arremetida que me daba, empujaba y gruñía, eso me encantaba,
provocarlos, sacarlos de sus casillas, hacerlos venir.
Y me decía constantemente, qué buena, que rica estás, me calientas
demasiado con solo verte, y así se la pasaba hablándome, hasta que me volteó y
me puso de espaldas, me recargué en el respaldo del sillón y él me tomó de la
cintura para empujar otra vez.
Me empezó a jalar del pelo y su lucha fue más vertiginosa, hasta que
me hizo temblar con sus rápidos empujones, se vino dentro de mí, sentí su semen
caliente recorriendo mis adentros justo en el momento que llegó mi mamá en su
auto deportivo.
-Corre, vete ya, le dije. Él se metió al baño a cambiarse entre
tanto yo solamente reacomodé mi ropa.
Para despedirse me dio un beso y luego me dijo al oído una frase que
nunca olvidaré: te besaría bajo la lluvia, pero te mojarías dos veces…
CASITA DE CARTÓN
2 de septiembre de 1996
Querido diario: El pasado martes llegué tarde al colegio.
Casi todos los estudiantes estaban dentro de sus aulas, crucé por el
auditorio para no rodear a mi salón, decidí correr entre las filas de los
asientos hasta que llegué al escenario donde había una casita grande de
juguete, me di cuenta que ahí estaba un maestro.
Él me saludó amablemente desde adentro de la casita donde permanecía
sentado en una silla de juguete. Me preguntó a dónde iba con tanta prisa.
- ¡A clases, ya se me hizo tarde! le respondí.
-Mira la casita es para la obra de teatro Casitas de Cartón.
-Tengo que llegar a clases, ya se me hizo tarde, insistí.
-Ya son diez minutos tarde, no te permitirán pasar al aula, refirió
el maestro. Me detuve bruscamente, miré la puerta de salida con desánimo.
Me invitó entrar a la casita, en la que cabían perfectamente cuatro
personas, tenía una recámara, estufa, sillones y un comedor con cuatro sillas,
todo en color de rosa (mi color preferido) con flores en las paredes y un
hermoso arcoíris frente a la recámara.
-¿Usted es el maestro de teatro?, pregunté al tiempo que me
acomodaba en la silla y abría un poco más mis piernas, aislando la falda
escocesa, el asiento era más pequeño de lo normal, que no me permitía sentarme
cómodamente.
-Sí, pero soy más bien de contra turno, contestó.
-¿Te gusta este lugar?
-Sí, me trae bonitos recuerdos de mi niñez.
El maestro, del que nunca supe su nombre, me alentó a entrar a la
obra de teatro. Era viejo como de 50 años, pero fornido, olía a perfume de
maderas, con peinado engomado hasta atrás, medio canoso, con melena hasta el
cuello.
Sentada frente a él, su vista le permitía ver mi hilo dental rosita,
me gustaban esas miradas, me prendían, así que no me opuse a cerrar mis
hermosas piernas.
-¡Tu pelo es muy lindo!, apreció el viejo docente.
-Justo como lo ocupa el personaje central, advirtió.
Al tiempo que me hablaba, su mano derecha entrelazó mis cabellos y
los acarició lentamente, mi mirada siguió su mano, un hormigueo se apoderó en
mi vientre, me erizó la piel, sentí mojarme con sus dedos tocándome, el pulgar
daba suaves círculos en mi oído, encendió mis sentidos, mi respiración se
agitó, la adrenalina subió de tono y quise correr pero quedé como atrapada,
hipnotizada y nerviosa.
Decidí quedarme al juego de muñecas, me gustaron sus caricias y sus
dedos largos cubrían más de media cabeza, jugaba mi pelo, la oreja, luego bajó a
mi cuello, -te juro que quería salir de allí- pero mi cuerpo quedó paralizado,
y entonces me preguntó:
-¿Te gusta?
Asentí con mi cabeza, su pulgar tocó mis labios de lado a lado,
hasta que decidió introducirlo a mi boca, yo lo agarré de la muñeca de su brazo
y empecé a chupar sus dedos, entraba y salía deliciosamente, era rico sentirlo,
el sabor del momento me hacía tragarlo como si fuera una paleta de dulce.
Mientras él desabrochaba mi blusa blanca para tocar mis senos, con su otra mano
sacaba mi falda hacia a un lado, y empezaba a recorrer mi pierna.
Estaba excitada, pero a la vez asustada, temiendo que alguien
llegara en ese momento y nos encontrara adentro de la casita de juguete. No
pude más, no resistí, solté un largo suspiro, abrí más mis piernas y me dejé
llevar, las tocó suavemente, pasaba de una a otra hasta llegar a mi botoncito
de venus, primero por encima, luego separó la tanga a un lado. Recorrió su mano
de arriba a abajo, descubriendo mis adentros hasta que poco a poco se
introdujeron sus dedos, mis jugos rápidos como río, le facilitaron el momento.
Con la blusa desabrochada y mi brasier aislado, chupó mis senos, lo
tomé de la cabeza y lo sumergí para que los lamiera, yo ya tocaba mi clítoris
furiosamente, sentía escalofríos pero calientes.
Me quitó la mano de allí y me acostó en la mesita del comedor. Me
empezó a chupar mi vaginita y entonces soltó una expresión de mí, que no
conocía:
-Ahhh, rosadita, chiquita y apretadita, como a mí me gusta…
-¿Rosadita? ¿Mi color preferido?, ¿apretadita? Me pregunté a mí
misma, ¡toda mi belleza encajaba a la perfección!, afirmé.
Su lengua era muy larga y dura, lo sentía muy adentro y recorría mi
clítoris, me chupaba de una manera vertiginosa que me hacía estremecer por cada
milímetro recorrido.
Se sumergía con su lengua, nariz y boca, sentía su respiración y yo
enloquecida no quería gritar, me mordía mi dedo índice, suspiraba muy rápido.
Era exquisito y fenomenalmente delicioso que me chuparan de esa manera tan experta.
Me tomó de la mano y la dirigió a su pantalón, para abrirle su cierre,
se me hizo agua la boca al ver lo grueso de su palo, mis dedos no alcanzaban a
cerrar su ancho, no era muy largo. Iba a mamarlo cuando de repente me levantó
frente a él, yo lo envolví con mis piernas y me dio un beso, metió su larga
lengua a mi boca y desesperadamente mordió mi labio inferior. Yo hacía el
movimiento de apareo, que me la metiera, no aguantaba más, la quería toda, toda
dentro de mí.
Sus manos no dejaban de tocar mis pechos y su polla la acercaba lo
suficiente a mi cosita para restregarla encima de mis tangas. Su mano izquierda
rodeó mi corta cintura y me acercó a él, con la ventaja que mis manos estaban
sueltas hacia mi espalda, era abrazada y manipulada como vil muñeca de trapo.
Me arrinconó a la pared con sus frenéticos besos, su miembro me
atacaba cada vez más fuerte por encima de la tanga, así le gustaba a él, yo
estaba totalmente extasiada, entregada, quería que me la metiera, ya no
aguantaba más, la quería toda, mi calentura perdió toda cordura y razonamiento.
Me siguió empujando y puso su verga en la entrada de mi vagina, le dije, no
entra, no cabe, está muy gruesa, soy virgen, soy virgen, solo atinaba a decirle
despacito, así me gustaba decirles a todos.
Bufaba como animal y me miraba con ojos fieros como perdidos,
intentó meterla, pero no entraba, daba empujones pero con la puntita se venía
con mi vaginita, yo veía cómo sacaba mis trocitos de carne, como imán, y no era
ni siquiera el comienzo.
-Deja que te baje la excitación para que entre, dije mimosa.
Entonces me bajé y comencé a besarla, a tratar de meterla en mi
boca, no me iba a quedar con las ganas, mis manos la rodearon y lo apunté a
meterlo, solo alcanzaba su glande, preferí acariciarla con la lengua, dándole
vueltas y absorbía la entrada, la puerta de su líquido seminal que lo
desparramaba sobre su grosor y chupaba lo que podía y él ronroneaba con su voz
como gatito.
Al ver que yo no podía con esa tarea, me levantó del pelo e insistió
en metérmela así, pero se desesperó, refunfuñó
y salió de la escena, prefirió bajarse a chuparme, no resistí, agarré
sus cabellos y lo empujé para que siguiera más adentro, se escuchaba la manera
en que me estaba comiendo, su paladar se daba un gran banquete con mi hermosa
conchita, entraba y salía con su lengua, se detenía en mi clítoris por largo
rato y hasta sentía que me lastimaba porque era larga y dura, pero me gustaba,
el deleite era increíblemente delicioso.
Yo me tocaba mis pechos y los jalaba, mi calentura estaba al límite,
en tanto que el maestro estaba dándose gusto conmigo, y me hizo terminar en un
orgasmo múltiple de tres funciones consecutivas y emití sendos gemidos de
satisfacción lograda.
-¡Sigue, sigue, dame más… más!, reclamé.
Yo quería más de ese delicioso postre, él movió su cabeza con un
rotundo no y entonces se levantó glorioso para intentar nuevamente meterse
dentro, volvió a colocarse frente a mí para penetrarme, pero un tercer empujón
demasiado fuerte a mi frágil cuerpo hizo que cayéramos -con toda y la casita-
al suelo.
Nos levantamos asustados y nos acomodamos la ropa, miramos alrededor
extrañados, excitados y exaltados; nadie nos veía, entonces salí corriendo
hacia al baño sin decirle nada.
Allí comencé a masturbarme enloquecidamente, cerré mis ojos, pasando
mis dedos sobre mi vagina, metiéndolos, tocando mis pechos con mucha
desesperación, quería terminar otra vez, llegar al orgasmo, el maestro me había
dejado demasiado caliente y con muchas ganas de su añorada bestia, quería una
verga y esa era más que soñada.
Mis dedos eran mi única herramienta para terminar rápido, pero en mi
locura no me di cuenta que frente a mí, estaba un niño de primaria presenciando
mi acto.
-¿Qué haces, me preguntó extrañado. ¡Gúacala, qué cochina!
Y entonces lo increpé:
-¿Qué haces tú en el baño de las niñas?
-¡Éste es el baño de los niños!, el infante apuntó con su dedo a la
puerta para señalarme la imagen del género.
Salí corriendo a mi casa, definitivamente no fue mi día.
LA MASCOTA
PREFERIDA
21 de abril de 1996
Querido diario:
Éste sábado tuve que encontrarme con mi mamá en su área de trabajo.
Salí de mi casa con un short de mezclilla muy corto de encaje negro y una blusa
blanca ombliguera. Llevaba abrazado a Fifí, mi mascota preferida, un perrito
chiquito, blanco, con una mancha negra alrededor de su ojo derecho, de raza
callejera y tenía como característica que sus orejas se paraban cada vez que
escuchaba algo.
Tomé un camión urbano, el cual llevaba la música a todo volumen y
con luces fosforilocas de antro nocturno por dentro, ya anochecía, había poca
gente, me senté hasta atrás para bajarme rápido.
Pocas cuadras adelante se sentó a mi lado un hombre como de 40 años,
me saludó amablemente y yo solamente le sonreí. En ese momento pensaba en las
travesuras que habíamos hecho mis amigas, Lorena y Andrea.
¿Me permites acariciarlo?, me preguntó aquel hombre de voz gruesa,
pero mal vestido, asentí con la cabeza, y mientras me sumergía en mis pensamientos,
me percaté que mi Fifí estaba muy pegado a mis bubis, lo que permitía que el
señor las tocara sutilmente mientras acariciaba la cabeza de mi perrito.
De inmediato sentí mojarme y dejé que lo hiciera deliberadamente
para excitarme. Cerré mis ojos para disfrutar.
Te confieso, querido diario, mis bubis son mi punto débil, porque
cuando me tocan me desdoblo muy fácilmente. Bueno… aparte de mis orejas, mi
pelo, mi vientre, mis piernas, mis labios y por supuesto mi “cosita hermosa”.
He tenido orgasmos con solo rozar mis pezoncitos, porque mis pechos
son como naranjas, más bien como melones, ojalá fueran sandías. Mi cintura es
muy pronunciada y mis nalgas muy frondosas y paraditas.
Soy muy caliente desde que tenía 8 años. Todo se debe a que un día
un zancudo me picó en mi vientre bajo, poquito arriba de mi vagina, me salió un
pequeño salpullido, el cual me daba comezón y me rascaba con frecuencia hasta
que me quedó un botoncito, ese dichoso grano se extendió hasta mi clítoris. Ahí
estaba siempre esa extraña sensación de hormigueo, me rascaba frecuentemente en
la escuela, en el baño, en mi cuarto, en un restaurant, en el cine, platicando,
en clases, en la escalera, en el carro, en el camión…
Nadie se daba cuenta, lo hacía discretamente, porque bajaba mi mano
derecha y con mi pulgar comenzaba el jueguito, luego con el dedo medio a
masturbarme. Así comenzó mi historia.
En el bus, el señor se dio cuenta de la situación y aprovechó para
dejar de acariciar al perro, al que bajé de mis mis piernas para permitir que
me tocara mis pechitos, primero uno, y luego otro, yo abría y cerraba mis
piernas en señal de nerviosismo y también de calentura, mi respiración se
agitaba.
Metía sus manos por debajo de la blusa, cosa que no fue difícil pues
estaba muy corta. Abrí mis ojos para ver si alguien nos miraba y no. Cada quién
estaba sentado en su mundo, perdidos en la música fosforescente de
punchis-punchis.
Su mano bajó a mis piernas expuestas, la fue deslizando suavemente
debajo del short, no llevaba tanga, lo que le facilitó meter el dedo más
frenéticamente, mi respiración subía de tono, aunque siempre trataba de no
gritar para no llamar la atención.
Su dedo medio recorría mi panochita desde abajo hasta mi clítoris,
me hacía estremecer y retorcerme cada vez más. Los asientos le permitieron a
él, esconderse de la gente para agacharse y abrirme el shorcito por el lado de
la pierna.
Con su lengua comenzó acariciarme de arriba a abajo hasta que llegó
el punto en el que metió su lengua dentro de mí y él murmuraba, qué deliciosa,
qué rica, sabes a dulce miel…
Pero yo no lo dejé hablar, lo agarré de la cabeza y lo sumergí otra
vez hasta despejar un pequeño gemido que me hizo terminar con esa deliciosa
chupada.
Mientras respiraba fuerte, le dije que no siguiera. Puse a Fifí bajo
el asiento y lo amarré a uno de los tubos para entonces proceder a sacarle el
miembro de su mezclilla, estaba chiquito y no estaba erecto, pero yo estaba muy
caliente y quería terminar, así que no me importó.
Me agaché y lo empecé a levantar de su letargo, lo chupé como
desesperada, no era mucho pero lo suficiente para montarme, lo recorrí con mi
pequeña lengua hasta dentro, así que en poco tiempo lo hice terminar dentro de
mi boca, con su pegosteoso líquido seminal que quedó embarrado en mis labios, del
que salieron varios chorros de semen caliente.
-Oooh no, me vine demasiado rápido, arremetió. Entonces me agarré de
su camisa y me limpié.
-Nooo, qué haces, voy a mi casa, reclamó.
Yo solo me encogí de hombros. Se paró y enfiló rumbo a la puerta de
salida en la que se bajó apresuradamente.
No me percaté que ya me había pasado de mi destino, acomodé mi ropa
fácilmente, pues todo se había hecho por debajo de las prendas, así que me tuve
que bajar rápidamente y regresar caminando como cuatro cuadras, en el camino
volví a ver al sujeto, quien esquivó rápidamente la mirada y se fue por otro
lado, suspiré.
Con todo el ajetreo del momento recordé que había dejado a mi “Fifí”
amarrado en el camión.
EN LA FERIA DEL PUEBLO
17 de abril de 1996
Querido Diario:
Gaby y Andrea, Richard y yo nos fuimos a la feria del pueblo de San
Sebastián. Comimos en un puesto hamburguesas, yo lo pedí con todo, mis amigas
sin cebolla. Nos divertimos mucho, jugamos a la ruleta, estuvimos en los rifles
tirándoles a los patos, en los dardos, ponchando globos, a las canicas, en la
lotería, a los caballitos, a las tazas, hasta que nos subimos a un juego
mecánico extremo llamado El Martillo.
Al juego mecánico solo entraban cuatro personas, dos en un lado, y
dos al extremo, las cápsulas eran como de diez metros de separación uno, del
otro. Le llamaban así, porque amartillaba cuando bajaba, daba giros sobre sí
mismo.
Entonces Andrea y Gaby, se subieron de un lado, Richard y yo del
otro. Nos sentamos, nos pusieron a cada quien el cinturón de seguridad y
cerraron la canasta, embutidos como en una nave espacial.
Comenzó el armatoste a dar vueltas y nos hacía caer con mucha
fuerza, se detenía unos segundos, luego otra vez la caída. Como a la tercera
caída, sentí mucho hormigueo dentro de mí, de tal forma que esa adrenalina de
sentir que bajaba de repente, el estómago se me subía hasta la garganta, pero a
la vez, comencé a sentir choques eléctricos desde mi botoncito hasta mi vientre
y de ahí a la cabeza.
Le dije a Richard, oye, ¡estoy sintiendo orgasmos!
-Queeé, ¿cómo crees?
-Sí, sácate el miembro para montarme en ti y aprovechar el momento…
Después de la sutil sugerencia se bajó el cierre del pantalón y se
quitó el cinturón de seguridad, me subí la falda e hice mi tanga a un lado, me
le encimé y al principio no lo sentía. Él estaba muy nervioso como para que
tuviera una erección en ese momento.
-Agárrame de la cintura y jálame hacia abajo, le expresé con el
corazón latiendo a mil, entonces ya pude sentir su miembro dentro de mí y
cuando el juego paraba en las alturas, yo aprovechaba para cabalgar, de tal
forma que al caer la nave, yo me clavaba en Richard. La adrenalina era mucha y
así lo hice varias veces.
En un momento dado, el juego se detuvo en las alturas y se apagaron
todas las luces, solo veía que debajo de nosotros había mucho alboroto por las
chispas que estaba soltando el martillo. Nos asustamos, le dije a Richard que
me iba a levantar y de repente la nave comenzó a dar vueltas locas, más rápidas
de lo normal.
Dentro de esa locura, no podía regresar yo a mi asiento y como la
nave se quedó sin luz, se abrió la puerta, mi vestido se atoró y agarré con
ambas manos el cuero del cinturón de seguridad y salí de la nave, quedé
atorada, pero colgando. Mi vestido se había hechos trizas y yo estaba vilmente
desnuda en los aires sin calzones. La gente se alborotaba más, y cuando llegó
la luz, comenzaron a aplaudir y burlándose porque yo estaba colgada… hasta que
nos bajaron.
Mis amigas todavía estaban en la parte alta, Richard bajó con su
zipper abierto y en su afán de protegerme, me abrazó, pero inmediatamente
vomitó sobre mí. Salí corriendo de la feria y en mi loca carrera, una amable
señora me dio un abrigo. Me dijo, ¡tapate mija, no te vaya a dar un resfriado!
Como pude subí a la parte trasera de un taxi, angustiada, asustada,
sucia y avergonzada, le dije al chofer que me llevara a Playa Yelapa 597.
Pero iba muy mareada, todo me daba vueltas, así que me recosté en el
asiento trasero. El taxista se dio cuenta que iba desnuda, porque solo me había
puesto el abrigo y se me abrió, entonces hizo una parada en una parte muy
oscura, bajo un frondoso árbol.
-Ahora sí mi reina, vas a sentir la verdadera tierra de indios, me
advirtió.
Se bajó de su coche abrió la puerta trasera, yo expuesta como al
mejor postor, sin poder moverme, paralizada y mareada, se me fue encima. Me
agarró de mis piernas, las levantó y comenzó el ajetreo de cogerme, comenzó a
besarme el cuello, mis pechos, sacó su salvaje animal para tratar de meterlo
otra vez y en sus bruscos movimientos se dio cuenta de mis tragedias y el muy
tarado me dijo:
-Mi amor, sabes muy rico, como a hamburguesa…
Así que primero me comió, luego me llevó a casa de mi amiga Gaby.
EL SECUESTRO
Querido diario:
23 de febrero de 1997
Ese día fuimos mi mamá y yo al banco a cobrar un cheque, había mucha
gente en tres filas esperando turno. Mi mamá se dio cuenta que algo pasaba,
pues la gerente se levantó de lugar y fue a platicar con unos hombres al cajero
automático.
De repente entraron cinco hombres con pistolas y armas largas y nos
ordenaron que nos tiráramos todos al piso. Los asaltantes traían marros en sus
manos y golpearon las ventanillas para entrar al área de cajas, de donde
sustrajeron todo el dinero y se retiraron rápidamente.
Pero en ese momento llegaron patrullas policiacas y nosotras que
estábamos bajo un escritorio, nos levantaron y nos tomaron como rehenes, con
pistola al cuello nos metieron a un auto de lujo.
Asustadas, me aferré al brazo de mi mamá quien trataba de calmarme
sin soltarme. Fue en vano, pues cinco cuadras más adelante cambiaron a una
camioneta roja, dejaron ahí a mi mamá y yo seguí, ellos discutían si debían
soltarme también.
El jefe de ellos les ordenó que no, hasta que estuvieran seguros. Me
vendaron los ojos, agacharon mi cabeza y me acostaron atrás custodiada por dos
hombres, adelante del carro iba el chofer y una mujer. Creyendo que me iban a
matar y mi corazón latiendo con mucha fuerza, pensaba con frecuencia: ¡Hasta
aquí llegué, hasta aquí llegué…!
Los minutos me parecieron eternos, aunque viajamos en helicóptero
como una hora. Al llegar al dichoso destino alcancé escuchar olas del mar, me
metieron a la habitación de una gran casa. Me quitaron la venda y me dejaron
atada de pies y manos.
Después supe que era San Pancho, una playa cercana a Angelópolis. Me
sometieron, me ordenaron que me callara, que aunque gritara nadie me
escucharía, por eso me iban a dejar con la boca destapada.
Escuché que aun discutían si me debían soltar o vender. Seguía muy
asustada, pero más tranquila. Pensaba en mi mamá, quien a pesar de ser dura
conmigo, la amaba y buscaba la manera de salir de allí, entonces planee que me
haría amiga de ellos, para ganarme su confianza.
El jefe a quien le decían el Martillo, se salía por muchos días y el
encargado, de nombre Robby, me llevaba a diario la comida, buena comida. No
tuve problemas en ganarme su confianza y yo me ponía a coquetear con él.
Hasta que un día, me llevó unos trajes de muñeca de Anime, me dijo,
que me vistiera. Eran vestidos ampones con encajes por debajo y enfrente, de
color azul, rojo, y rosita, con medias blancas y negras arriba de la rodilla,
dejando una brecha entre la calceta y el vestido, con mandil blanco al frente,
yo solamente obedecía y me amarraba unas coletas en el pelo.
Él mismo me maquilló la cara pero también me puso en los labios
vaginales para que no lubricara y tuviera mayor fricción a la hora de coger. Me
sugirió un desfile de pasarela por la habitación con zapatos de tacones como de
8 centímetros. Era tanta su pasión que veía sus ojos desorbitados, con una
mirada casi loca, tratando de cumplir su fantasía.
Caminaba de un lado a otro de manera coqueta, subía las escaleras,
bajaba, me arrastraba a gatas y él solamente me miraba, tocándose el bulto por
encima de su pantalón. Hasta que decidió tocarme, me besó lentamente la boca,
su lengua recorría mi cuello, mi pelo, lo hacía de una manera muy tierna, muy a
pesar de ser un mafioso, me tocaba la cara con mucha sutileza y se comía todo mi
maquillaje que había sido puesto con mucha delicadeza.
Me entregué a su desbordante pasión, sin meditar siquiera que estaba
secuestrada, con un destino inquieto y sin esperanza, decidí jugarme esa
aventura, poniendo toda mi inteligencia delante de sus propósitos, sin
razonamiento ni sentimientos.
Sus besos y caricias me doblegaron, mi tierna voz, mis quejiditos lo
hacían temblar, se excitaba más cuando le decía, soy virgen, soy virgen. Así,
comenzó a meterme la mano por debajo del vestido, y desabrocharme el vestido
por la parte de atrás. Mordisqueaba mis senos de una manera suave, me jalaba
mis pezones con sus dientes y se me estiraban más de lo normal. Su mano se
deleitaba en mi vagina estando yo de espaldas a él. Me bajó el vestido a la
cintura y sus besos fueron yendo por cada milímetro de mi cuerpo, lenta y
suavemente, yo estaba enloquecida, porque nunca me habían tratado así.
Su lengua dilataba mi brechita, yo enloquecía con mi vocesita y
gritaba, más, más. Tocaba su miembro -de tamaño normal- con mis manos, pero mi
cachondez era extenuante. Le empecé a besar sus testículos, donde me quedaba
por largo tiempo hasta llegar a su hermoso falo, con la punta babosa y su
cabeza brillante, lamía con el mismo toque que él mismo me daba, suavemente.
Él gruñía y me decía lo rico que sentía, y sus quejidos eran más
constantes, hasta que lograba meterlo todo a mi boca y con mi lengua lo
saboreaba, rápidamente hacía que terminara en un delicioso orgasmo en mi cara.
Minutos después, ya recuperado, me levantó la pierna y me introdujo
el miembro de frente, suavemente, sin prisas, una y otra vez, hasta que me
hincó de rodillas en la cama y se dispuso a cogerme en posición de perrito, lo
volvió a meter y me jalaba el pelo hasta arquearme, yo no soltaba mi papel de
actriz de muñeca, mi tierna voz lo enloquecía.
Empezó a empujar más rápido y las coletas de mi pelo se tensaban más
en sus manos. Él se sentó en la orilla de la cama y me invitó a clavarme, acudí
yo a la cita para meterlo suavemente, hasta que se quedó inmóvil, entonces
solté mi cuerpo en una armoniosa y lenta cabalgata. Me refunfuñaba que tenía
cuerpo de yegua, de fina cintura y nalgas muy paradas, eso a él lo enloquecía.
En esta posición, su verga me llegaba al tope y me hacía terminar en
multiorgasmos consecutivos. Conocedora de mi punto G, cuando los tengo así, a
mi disposición, acelero mi ritmo de arriba a abajo y de atrás hacia adelante,
voy bajando y aprieto, ahorco la punta de su miembro, reconozco mi clímax y
entonces les grito, ¡me vengo, me vengo, termíname ya…! Para ellos son palabras
mágicas, es el fin cuando me escuchan así.
Siento orgullosa su explosión cuando sueltan su semen caliente
recorriendo mis adentros, su pene se engrosa en ese momento, ellos se vienen y
yo también. Mis contracciones provocan que apriete insistentemente su falo en
cuanto yo me vengo y convulsiono, doy pequeños brincos, concluimos al mismo
tiempo y felices, arrastrando las últimas palabras…
Una vez que pasé las pruebas de las muñecas, me gané la confianza de
Robby y entonces me propuso que andaría suelta por la casa, que podría disponer
de todo libremente, pero en cuanto llegara el patrón me encerraría en mi
habitación y me amarraría como todos los días y acepté.
Me confesó en la cama que ellos se dedican al narcotráfico y
ocasionalmente secuestran mujeres para venderlas a países europeos, eso solo
pasa cuando el negocio anda mal, pero también me dijo que hay otros cárteles
que aparte de la droga roban niños, desde recién nacidos hasta cinco años, a
los cuales los matan y venden sus órganos a hospitales de Estados Unidos. Me
estremecí y no quise saber más. Ya sabía lo que me pasaría.
Al día siguiente me consiguió unos sexis trajes de baño para entrar
a nadar a la alberca, como parte del premio por los momentos que lo hice pasar.
Tres gatilleros siempre merodeaban la casona, pero la muchacha del aseo –a
quien también se cogían- me veía con mucho enojo y recelo. Era joven como de mi
edad y bonita, no tanto como yo, pero con cara de pocos amigos.
Robb me cogía con o sin uniforme hasta tres veces al día, era joven
y guapo, moreno, de mediana estatura, me gustaban mucho sus largas pestañas y
sus ojos negros le daban un encanto especial. Me gustaba, pero no para
enamorarme.
Hasta que un día, en la ausencia del Robb, la joven mucama me
reclamó por las cogidas que me daban, yo le aclaré que estaba secuestrada y no
podía negarme a las pretensiones de ellos y que haría lo que me pidieran, para
poder salir de allí.
-Ni sueñes, me dijo muy firmemente.
En la discusión me empujó a la alberca y caí al agua. Me salí muy
enojada y yo también la empujé, pero en su caída se golpeó en el filo del
asbesto y comenzó a sangrar, yo me asusté mucho, hasta que llegaron los
sicarios que resguardaban el lugar, la sacaron pero ya no reaccionó.
Les dije lo que había pasado y fríamente no le dieron importancia,
entonces me ordenaron que tomara una pala y en el jardín que empezara a cavar.
Lo hice desconsoladamente, les insistía que no lo había hecho a propósito. Ahí
la enterramos, como si nada hubiera pasado.
Después llegó Robb y ya no supo de ella, solamente le dijeron que no
había regresado a trabajar, así de fácil. A las dos semanas de mi estancia en
ese lugar, llegó el Martillo y les ordenó que me llevaran a Madrid, que ahí me
venderían. Me subieron a una embarcación junto a otras nueve chicas, y luego de
una hora de trayecto, nos metieron a un submarino, sí a un submarino, estos
sicarios tienen todo lo que se les antoja con el dineral del mundo en sus
manos. No fue difícil intuir que cargaban drogas.
Nos metieron a un pequeño cuarto, donde había dos literas con dos
camas cada uno, dormitábamos asustadas, una de ellas lloró todo el camino. Yo
todavía tuve chance de aminorar el susto, pero ellas fueron secuestradas de la
calle y trasladadas de manera inmediata.
Al llegar a España nos detuvimos, nos embarcaron y llegamos como
finas turistas con sombreros y gafas oscuras, siendo amenazadas si algo salía
mal. Nos enclaustraron en un cuartucho y allí teníamos que recibir a los
potenciales clientes, ocho a diez clientes por día. Yo solamente recibía tres o
cuatro, nunca supe la razón, sin embargo trataba de disfrutar porque desde que
lo descubrí, me ha gustado mucho el sexo. Trataba de no pensar en el momento,
intuía muy dentro de mí que regresaría.
Hasta que llegó un chico como de 18 años de nombre Lud, le expliqué
de mi situación y le di un número de teléfono para que se lo aprendiera y se
comunicara con mi mamá. Al principio se negó, no quería comprometerse por el
riesgo, sin embargo, después de cogerme y de decirme que lo haría conmigo toda
una vida, lo convencí, porque le entregué lo mejor de mis conocimientos y
experiencia.
Pasaron tres días cuando escuché alboroto afuera de la habitación.
Decían entre ellos que se salieran rápido, que huyeran, que la plaza estaba muy
caliente, entonces se escucharon varios disparos en la habitación contigua
donde estaban las otras chicas, entraron dos pistoleros a la habitación para
amenazarnos, con metralla en mano nos advirtieron que si hablábamos o los
reconocíamos, irían por nuestras familias, que ya nos tenían ubicadas.
Mi cliente se asustó y salió corriendo, yo me quedé arrinconada,
espantada sin saber qué hacer, por eso no me mataron. Poco después llegó la
policía española por nosotros, tuvimos suerte, otras no tanto, mataron a las
que se vinieron conmigo, por eso se escucharon los disparos.
Y allí estaba mi mamá, rescatándome.
CAPITULO 5
LA PAYASITA
Una pareja de payasitas subieron al camión lleno de pasajeros,
después lo hizo Perry con su característica capucha y quedó atorado a un lado
del chofer.
La payasita Yuyú quedó delante de él, por la otra puerta se subió su
compañera, ya había caído la noche y todas las condiciones estaban a pedir de
boca.
Perry no tenía la intensión de acercase a la payasita, pero otro
montón de pasajeros atascó el camión, que hicieron la fatal cercanía. La
humorista soltó globos por todo el camión como parte de su show y la gente se divertía
voleándolos.
Yuyú casi sin poder moverse, comenzó un juego de palabras con su
compañera diciendo, mándame una bola porque traigo una gran bat tras de mí, quiero
jugar con mis dos bolas de adelante y con mis dos bolas de atrás, y reía con
insistencia.
Ella agarraba un globo, hacía como que lo golpeaba con un bat, movía
su trasero de lado a lado intermitentemente, hasta que se fue calentando poco a
poco, con una mano por detrás le tocó el miembro a Perry para acercarlo y restregarlo
por encima de su delgada tela multicolor.
-Mira qué bonito juego, mira que hermoso bat que traigo, la otra
payasita le seguía el juego de palabras. Hasta que aprovechando el momento
decidió jalarlo más a su trasero.
De repente con la mano abrió sus nalgas y apretó el miembro hasta
que lo atrajo hacia ella, pero accidentalmente volteó y mirándolo perpleja,
gritó, ¡Perry galletas…es Perry galletas!
La gente se asustó del afamado carterista y se armó gran alboroto,
Perry se bajó rápido del camión y comenzó a correr. La payasita Yuyú emprendió
la huida tras él, la otra se atrasó, con tan mala suerte que John cayó de
bruces y la mochila fue a dar al techo de un negocio de tacos.
La payasita aprovechó ese momento, puso su pie derecho en la espalda
de aquel hombre y le dijo, ¡no seas payaso, ya te agarré, no intentes
levantarte porque te ponemos una golpiza entre todos!
La gente sin saber qué pasaba se arremolinó alrededor de Perry, lo
medio desnudaron y lo ataron a un poste, hasta que llegaron las patrullas y lo
trasladaron a la delegación de policía.
Ya lo estaba esperando el Comandante Peter Harris, quien no daba
crédito que ya hubieran dado con el paradero de John Perry.
En una sala de interrogatorio, el Comandante Harris golpeaba al
famoso John Perry para hacerlo confesar como el verdadero maleante de la
región, pero él se negaba rotundamente.
-Te tendremos aquí hasta que confieses todas tus fechorías, te
agarramos infraganti, no puedes negarlo.
-Usted está equivocado Comandante, no soy yo, no soy yo…
Al cambio de turno, llegaron las oficiales a quienes les habían
encargado atraparlo.
-Ahí se los dejo, a ver si ustedes lo hacen cantar.
-Cuente usted con ello jefecito, nos debe muchas este desgraciado,
expresaron con enojo.
Entonces entraron las tres y Samantha sugirió, vamos a llevarlo a otra
sala de interrogatorio.
-Vamos a desnudarlo y así sabremos si es él, dijeron entre ellas.
-¿Eres tú John Perry?
-No, yo no soy. Ya les dije mil veces…
Lo cacheteaban e insistían en la pregunta. Él se negaba.
-Muy bien, vamos a comprobar, advirtieron.
-Entonces no eres, ¿cierto?
Y comenzaron a lamerle las heridas, le sacaron el miembro, para
comprobar si en realidad era él quien se las había cogido en el transporte,
pero él estaba muy asustado para levantarlo. Irene empezó a chuparlo hasta levantarlo,
una vez erguido, golpeaban el miembro con mucha fuerza. Esa era la misión.
-Levántalo más, dijo Samantha.
No parece ser, está demasiado
chiquito, refirió Marina, la más chiquita. La de Perry la sentí enorme.
Samantha, la voluptuosa se sentó a contracara, mientras las otras dos lo
besuqueaban en sus pezones.
-Quiero cachondearte como lo hiciste con nosotras, levanta más a tu
amiguito, que queremos saludarlo, amenazó seriamente con sus pechos encima de
él.
-Levanta más tu verga, la queremos toda, como aquel día, insistía
Irene con una dulce vocecilla. ¡Te vamos a castigar, te vamos a castrar perro!
Sentada, comenzó a brincar sobre sus piernas y decía, creo que no es
él, lo siento más chiquito. A ver déjame probar a mí, dijo Irene y se sentó
para mover sus caderas de una manera muy rápida.
-Como que no es.
-A ver, ahora me toca a mí, insistió Marina con ojos morbosos, se
sentó y le dijo, ¡qué feo estás!, mientras miraba la cara golpeada de aquel
hombre cacarizo, ¡pero nos cogiste muy rico, queremos un poco más, aseveró con
melosa voz. ¡Anda papi, no te hagas del rogar!
-¡Quiero más!, gritaba Marina, mientras se tocaba. Y sin más le
soltaron las manos para cambiarlo de lugar porque ellas ahí no estaban cómodas.
John aprovechó el descuido, tomó el tolete y las sorprendió pegándoles en las
piernas y dejándolas tiradas en el piso, agarró el pantalón y la camisola del
uniforme de Samantha, y se salió rápidamente por la puerta principal sin que
fuera notado, cubriéndose con la capucha.
En las afueras había una manifestación de señoras con pancartas que
decían, conoce a mi hijo, este es tu hijo, hazme un hijo, Perry te amo, eres el
mejor amante. Desconcertado por las muestras de apoyo y ataviado en su uniforme
policial aprovechó para escabullirse y huir de allí. Cuadras más adelante se
quitó la camisola y se dejó la sudadera.
GUSANITO
Perry volvió a Angelópolis con la firme intención de encontrar a su
familia, ya no estaba en las mismas condiciones en las que partió, su suerte
había cambiado mucho. Caminaba rápidamente y en el ajetreo de la ciudad, se dio
cuenta que a lo lejos, el volcán traía un desorden inusual, un espectáculo de
fumarolas que vertían rayos y estruendosos truenos. Perry jamás había visto
eso, sintió una punzada en su corazón.
A los pocos minutos, empezó a temblar, el suelo se movía bajo sus
pies, los postes se balanceaban de un lado a otro, las casas y edificios
crujían y los vidrios de los aparadores se hacían trizas, junto con el
escándalo y los gritos de las señoras que traían niños en sus manos, porque era
la hora de salida de las escuelas.
Los autos y camiones se detuvieron en las avenidas y calles, todo
era un caos con la gente corriendo hacia todos lados. Perry decidió esconderse
bajo el marco de un viejo edificio, pero una marquesina se desprendió del techo
cayéndole un trozo en su pierna derecha, abriendo una gran herida desde la
rodilla hasta su pie, comenzó a desangrar y pidió ayuda, pero en la algarabía, nadie
hizo caso.
Se arrastró hacia la calle para ponerse a salvo, en eso un par de
niños lo jalaron por los brazos hasta ponerlo en la calle.
-Estás pesado, le dijo un niño moreno como de cinco años, con pelo
rizo alborotado y cachetón.
-Ayúdame, insistió Perry.
-Gusanito, ayuda, este hombre se va a morir, mira su pierna, está
muy mal, dijo el pequeño hombrecito con ojos de inquietud pero de habilidosa
imagen.
La niña poco más grande, lo miraba perspicazmente de pies a cabeza y
clavando sus ojos en el hombre, le ordenó, mírame y haz lo que yo te diga, te
voy a salvar, solo obedece mis indicaciones, ¿está bien?, preguntó incrédula.
-Sí, haré lo que me ordenes, suplicó Perry.
-Cierra tus ojos, respira profundo, dijo la niña, pero Perry por el
dolor en la pierna, inhalaba rápidamente.
-No, no, no. Escúchame, si quieres vivir, respira profundo, llena
tus pulmones de aire, no vayas a abrir tus ojos, ¿me entendiste?, no respires
tan rápido.
-Es que no puedo, me duele mucho. Voy a tratar, reiteró de manera
agitada Perry.
-Vamos, date prisa antes que sea muy tarde, gritó la niña.
-Consigue algo para taparle, ordenó al niño a quien llamaban Osito.
-¿Alguien me puede prestar una prenda para taparle la herida?,
preguntó a la gente. Enseguida una mujer le dio un abrigo largo y le cubrieron.
-Muy bien, hagámoslo otra vez, respira, otra vez…otra vez, insistía
la niña, en tanto que Perry obedecía, respirando más lentamente.
Comenzó a aglomerarse gente alrededor de Perry y de los niños.
Gusanito, era el sobrenombre de la niña, quien se acercó al oído de
Perry y con una voz tenue le habló al oído.
Escúchame, voy a contar en números del diez al uno, mientras yo hago
esto, pon tus manos en el estómago, enlazas tus dos manos y comienzas a
apretarlas por cada número que diga, ¿me entiendes?
Perry asintió con la cabeza. Entonces Gusanito le dio las
indicaciones, y mientras contaba, el Osito, extendía las manos y las piernas en
señal de separar a la gente.
-¿Escuchas los latidos de tu corazón?, preguntó Gusanito.
-Sí, muy fuertes, como si tuviera una paloma revoloteando.
-Muy bien, ahora, verás un remolino, en el centro de tu estómago un
remolino, dime ¿de qué color es?
-Oooh, sí, lo veo, lo veo, es de color rojo.
-Mira, ese remolino, es un gusanito, y se arrastrará hacia tu pierna
dañada, al llegar a la herida se comerá toda la parte dañada, eso hacen los
gusanos por dentro, pero no la comerá sino la coserá.
-Sí, lo estoy viendo, expresó con admiración.
-Muy bien, terminamos, dijo Gusanito, ya te voy a despertar, contaré
del uno al diez y soltarás tus manos, las sentirás entumecidas, pero no
importa…
Llegaron varias ambulancias a atender a los heridos y la gente señaló
a Perry como uno de ellos, pero en ese momento comenzó a temblar otra vez, el
suelo se sacudía, los paramédicos retrocedieron, cayendo más objetos de los
edificios, los niños corrieron desesperadamente y el hombre malherido se
levantó de una manera muy rápida y se fue siguiendo a los niños.
-¡Niños… niños! ¿A dónde van?, preguntó Perry
-Estamos buscando a mi papá.
-¿Se perdió en el temblor?
-¡No… no… ¡en la tormenta, en la tormenta!
Entonces Perry, contrariado por la respuesta cayó en cuenta que
estaba corriendo, se detuvo, miró su pantalón rasgado y vio su herida, no había
nada, solo sangre en su ropa…
AJUSTE DE CUENTAS
Ese
día Shadany llevó una falda roja ajustada a medio muslo, una blusa negra pero
sin abrocharse los primeros botones, dejando ver un abultado escote y unos
zapatos altos con amarradera. El trabajo había estado muy ajetreado, Shadany
quería cumplir con el compromiso, salir inmediatamente e irse a descansar.
Gustavo,
Enrique y Pedro eran tres jóvenes enanos que Shadany trataba con desdén, su
alta soberbia y altivez se los había demostrado varias veces, ella no los
quería en la empresa, no eran aptos para sus apetitos sexuales y su plan de
venganza. Les negaba permisos urgentes, les daba más trabajo, los ponía a
relucir sus áreas de trabajo, pero ellos siempre obedecían.
Un
día, ellos descubrieron uno de los rincones favoritos donde Shadany llevaba a
los chicos y utilizaba a otros para “echarle aguas”, entonces planearon una
venganza por los amargos momentos.
Shadany
había pedido las carpetas personales de todo el personal al departamento de
Recursos Humanos, así que ella conocía la información de cada uno de sus
empleados, cuando alguien le pretextaba algo, amenazaba con hacer cualquier
escándalo en su familia en caso que saliera a la luz.
Así
un sábado, después de emitir sueldos, llamó a Meño, jefe de seguridad de la
empresa, con quien tenía planeado sus 15 minutos de placer, el tiempo
suficiente que ella se tardaba en terminarlos, su secretaria ya se había
retirado.
Shadany
dedujo que ya se habían ido todos de la fábrica, esperó sentada en su sillón,
se tocaba sus partes íntimas sutilmente mientras esperaba al empleado en turno.
De repente, sin tocar la puerta, entraron los tres enanos a su oficina
sorprendiéndola
-¿Qué
hacen ustedes?, ya no deberían estar aquí, yo no los llamé, gritó furiosa.
Sin
inmutarse los pequeños hombrecillos se preguntaron entre ellos, ¿ya vieron sus
tetas? ¡Mira qué culo tiene nuestra hermosa gerente!
-Les
advierto que viene Meño y los sacará a patadas de mi oficina, refirió Shadany
convencida que su jefe de seguridad la salvaría.
Los
enanos se carcajearon abiertamente y entonces ella preguntó insistentemente,
¿qué pasa, qué pasa, qué le hicieron a Meño?
Rodearon
a Shadany y la sujetaron de manos y pies, la acostaron forzadamente en su
escritorio, mientras le desgarraban sus prendas hasta dejarla en ropa interior.
Cerraron
la puerta de la oficina para embelesarse con su armonioso cuerpo, se quitaron
sus pantalones y los arrojaron a un rincón, ella empezó a moverse y a gritar,
pero le taparon la boca con un trapo, para luego besarla y toquetearla en sus
pechos, piernas y vagina.
-Ahora
sí, te vamos a enseñar lo que es humillar, ¿así que somos muy poco hombres para
ti?, dijo el más bajito.
Shadany
encolerizada se seguía moviendo y ellos le gritaban:
-¡No
te resistas perra, que esto te va a gustar zorra!, se lanzaron sobre ella, a
besos y mordiscos en sus piernas, los senos bailaban al vaivén de sus esfuerzos
hasta que empezó a ceder al calor del momento para dejar de hacer esfuerzo.
-Te
vamos a quitar la mordaza, dijo el más grande.
Ella
no contestó, solo gemía de placer, porque cada uno se entretenía con sus
pechos, el otro chupaba su vagina con las piernas en lo alto y sus tacones de
punta alta.
-Mira
la tiene depilada, me la voy a comer.
-Voy
a soltarte las piernas, para cogerte mejor, se las abrió y se trepó al
escritorio, ahí empezó a metérsela efusivamente, de una manera caricaturesca y con
su falo chiquito, la hacían gritar.
-Ya
déjame por favor ¿qué me vas a hacer?, decía con una voz melosa, aceptando gustosa
el momento.
El
más chaparrito que parecía ser el líder amenazó seriamente.
-¡Te
vamos a enseñar cómo nos tratas, te vamos a coger por todos lados, por todas
las humillaciones que nos hiciste pasar!
La
bajaron del escritorio y el más chiquito se acostó en el suelo, le dijo siéntate,
ella obedeció y se clavó en su estaca. Ellos hacían todo aprisa, corrían de un
lado a otro con sus pequeñas piernas, como si no hubiera mañana.
-¡Qué
tetas! dijo el más alto, ¡ya lo decía yo que eran enormes!
Se
abalanzó sobre una y empezó a manosearla, lamerla y mordisquearle el pezón sin
importarle sus quejidos. Luego se fue corriendo por la otra teta,
terminaba y corría, así varias veces como muñecos de pilas.
Habiendo
terminado uno, el otro se fue sobre la vagina lamiéndola de arriba a abajo,
luego con su lengua marcaba círculos alrededor de su clítoris, el cuerpo de
Shadany se estaba caldeando de una gran manera.
¡Se
está mojando toda, se está mojando toda, tenía que ser una zorrita que le gusta
que se la cojan! destacó el mediano.
El
líder se acercó a su cara la besó introduciendo su lengua en la boca y se
deleitó en sus labios y agarrándola del pelo, le introdujo su pene en la boca.
-¡Chupa
perra, chupa, seguro que te gusta!
El
otro lamiendo entre sus piernas, advirtió, se la voy a meter. Con su polla bien
parada la penetró rápido, frenéticamente entraba y salía hasta hacerla gritar
de éxtasis, su cuerpo se arqueaba en señal de múltiples orgasmos.
-¡Ya,
ya… por favor, me van a matar, me van a matar, no sigan!, decía Shadany de
manera incongruente.
El
que estaba entretenido en sus pechos dijo, ya me cansé, ahora quiero cogérmela
por el culo. La agachó para comenzar el trabajo por el ano y empujó con fuerza,
una y otra vez, hasta dilatarla e hizo la entrada de golpe, en tanto uno de
ellos la agarraban de los brazos, el chiquito se puso debajo de ella para
aprovechar su vagina, así la culearon entre dos.
-¡Ya
no, ya no, me matan, me están matando! decía plácidamente Shadany, eso parecía
enfurecer a sus pequeños amantes quienes arreciaban sus movimientos en el
éxtasis del momento.
Y
tomando su cintura le daban furiosas embestidas acompañado de fuertes nalgadas
que enrojecían su tersa y delicada piel. Entonces ella cambió sus gritos a
dulces peticiones.
-¡Dame
más duro… más duro, cójanme más duro!
Y
se intercambiaban la zona, hacían fila para entrar.
De
repente sintieron un estruendo en la oficina, se preguntaron entre ellos qué
estaba pasando, pensaron que un camión aún hacía descargas en la bodega, pero Shadany
les aseguró que ya no había nadie en la nave.
Comenzaron
a caerse las cosas de los estantes de la oficina y los estruendosos ruidos en
la fábrica hicieron que se detuvieron abruptamente, entonces se dieron cuenta
de lo que estaba pasando.
-¡Está
temblando, está temblando!, dijo uno de ellos. ¡Vámonos rápido de aquí!
El
movimiento cesó y decidieron que como último castigo, dejarían a Shadany desnuda
amarrada al barandal del pasillo, ella estaba ida, como desmayada, porque no
reaccionaba a las palabras, entonces la bajaron del escritorio y la arrastraron
hasta dejarla atada.
-¡A
ver si te mueres maldita perra, por todo lo que nos humillaste!
Se
bajaron de la oficina con sendas carcajadas, pero con la algarabía del momento
olvidaron sus pantalones. Una segunda replica se intensificó y rompió el
barandal haciendo caer a Shadany al primer piso, unas cajas amortiguaron el
golpe, desmayándose totalmente.
Las
láminas del techo comenzaron a caer y una gran máquina de zapatos cedió
atrapando a los tres enanos al paso, quienes murieron al instante, alcanzaron a
entrelazar sus manos como última señal de sus lazos familiares, pues eran
hermanos.
Cuando
llegaron los servicios médicos a atender a los heridos, se dieron cuenta que
entre los escombros del baño se encontraba Meño, amarrado de pies y manos,
también amordazado, quien murió por los daños de la estructura.
Los
directivos no comprendían cómo tres enanos pudieron someter al jefe de
seguridad, quien era alto y gordo, en tanto que Shadany fue encontrada
totalmente desnuda pero con vida. Posteriormente ella se justificaría ante el
Director que en ese momento se estaba cambiando de ropa, porque a su vestido le
había caído café.
Shadany
ya recuperándose en su casa, le explicaron que los daños habían sido cuantiosos
en el temblor, pero que se levantarían en tres meses.
-Ya
no quiero regresar a trabajar, ya no quiero trabajar más, ya estoy cansada,
aseguró a su jefe.
-Pues
primero nos recuperamos, piénsalo bien, y después hablamos.
-No,
ya lo tengo decidido, discúlpame pero ya no iré más.
-Después
hablamos, ya que te recuperes.
-Ya
hice mucho daño, mucho daño y no me siento bien, pensó Shadany.
CAPÍTULO 6
LA TRAICIÓN
Hoy casi muero, no puedo seguir así, estoy cansado de tanto mal,
lamentó Perry, quien ya se había alejado de la delegación, del temblor y de la
muerte.
Esperaba lo peor al acercarse a esa gran casa. Estudió sus paredes,
sus jardines y brincó por la parte trasera, se escondió entre los árboles, vio
a la chica en el jardín, con un short blanco y una blusa rosa amarrada a la
cintura. Esperó pacientemente a que terminara de limpiar la alberca y se fue
tras ella.
Kimberly reconoció a su papá, se alocó, brincó y se enredó en las
caderas de Perry, lo abrazó y lo besó, sin dejar de gritar, papá, papá… ¿por
qué me abandonaste?
Los gritos de Kim fueron escuchados por su mamá, quien lavaba los
trastes. Abrió la cortina y vio a Perry, un odio descomunal despertaron en sus
entrañas, su corazón se desquició en ese momento y tiró todos los trastes al
piso en señal de enojo. Salió al jardín y le reclamó:
-¡Perro traidor, cómo te atreves a llegar a mi casa, después de
tantos años, después que traicionaste mi confianza, nuestra confianza!
-No sé por qué me has odiado tanto todos estos años. Me despediste
con coraje, deshiciste mi vida y la de mi hija, me separaste de ella, de mi
dulce princesa, el amor de mi vida.
-¡No te hagas, antes callé, guardé silencio para no matarte, pero
han pasado los años y me he vengado de ti, me estoy haciendo mucho daño,
después del todo lo que le hiciste a mi hija!
-¿El daño a mi hija? ¡Jamás le haría daño a mi hija! La amé desde
que la vi aquel día en el hospital, ella me miró a los ojos de una manera que
no puedo todavía describir y desde ahí me enamoré de ella. Mi princesa hermosa,
el color de mi vida, mi estrella de la mañana, voz de mi corazón! ¡Nunca le
haría daño! ¿De qué diablos me estás hablando?
-Tú la tocaste, le hiciste daño a ella y a mí. No hay otra
explicación, te quedaste con ella y casualmente ese día comenzó a sangrar, aun
no era tiempo de su periodo, tú no te diste cuenta, pero la llevé al doctor, a
dos doctores para que la revisaran y los dos me dijeron que tú la habías
violentado!
-Jamás he tocado a mi hija, ella es mi adoración, ¿cómo le podría
hacer daño?
Kimberly desconcertada ante el escenario se afianzó al cuerpo de su
papá, quien era empujado por su mamá.
-¡Cállate mamá, cállate, de qué hablas, de qué hablas! ¡Ya no quiero
vivir ese momento, han sido años y días espantosos! reclamó Kim.
-¡Ya es tarde para protegerlo Kim, que se vaya para siempre, que no
regrese, nos hizo mucho daño!
-¡No, no, no, ahora lo recuerdo todo, bloqueé, mis pensamientos y
sentimientos, borré todo de mi memoria de ese momento, dijo Kim a la vez que se
separaba bruscamente de Perry.
-¡Perry, ya no te queremos más en nuestras vidas, vete de aquí!
gritó Shadany.
Perry dio media vuelta para entregarse a la policía, ya lo esperaban
afuera de la residencia con armas apuntándole y con las sirenas de las
patrullas sonando, le gritaban que no se resistiera.
Kim dio un giro y grito: ¡papá, espera papá, ahora lo recuerdo todo,
diré la verdad!
-Kimberly, ya no protejas más a tu papá, reiteró Shadany. ¡Vete
Perry, déjanos solas, hemos vivido sin ti por muchos años, déjanos en paz, no
queremos saber más de ti!
-¡No fue mi papá, no fue mi papá!, gritó Kim contrariada.
Todos callaron, un frío estremecedor recorrió sus cuerpos y Kimberly
llorando recordó ese trágico momento que los separó.
-Ese día mi papá se quedó cuidándome mientras tú ibas al mercado.
Una vecina me invitó a jugar al pasillo, papá me dio permiso. Me dijo que no me
metiera a casas ajenas, pero la mamá de la niña le dijo a su hija que ya se
metiera, ella me dijo que pasara. Entré a pedirle permiso a mi papá, pero él se
metió a bañar y no quise interrumpirlo por miedo a que me negara el permiso.
Nos metimos a su casa a jugar a las barbies, y entramos a su
habitación. Su mamá salió a la tienda, la niña se salió a buscar otros
juguetes, y su hermano, como dos años más grande que yo, empezó a jugar conmigo
a hacerme cosquillas en los pies, yo me reía bastante, luego sus manos tocaron
mis piernas y de repente metió sus dedos adentro de mi pantaleta hasta que
llegó a tocarme y meterlos adentro de una manera muy brusca. Yo me asusté mucho
porque había desobedecido a mi papá. No supe qué hacer, me daba vergüenza y por
eso te dije que solamente había estado con mi papá. Por eso mentí, no supe qué
hacer y ya no me volviste a preguntar (…)
Entonces Shadany se tapó la cara con sus manos, se echó al suelo,
hincada, llorando desconsoladamente después de velarse la verdad y se aferró a
las piernas de Perry, quien quedó estupefacto.
El silencio de Kim detonó con gritos desesperados abriendo el portal
a la desgracia, llevándolos a todos de la mano hacia un camino escabroso,
envenenando sus días con los deseos más obscuros e inesperados de sus vidas.
Súbitamente ocurrió una regresión en sus mentes, todo el imperio de
maldad se les vino abajo como fichas de dominó, como castillo de arena al
escuchar las enraizadas palabras de su hija.
-¡Por eso me dejaste Shadany, por eso sufriste e hiciste sufrir a mi
hija, me hiciste un desgraciado al mandarme a las calles y me quitaste mi
trabajo, hablaste mal de mí a los dueños de las empresas de zapatos y me
corrieron!, ¿qué pasó con ustedes?
-Lo siento Perry, lo lamento tanto hija, les hice mucho daño,
perdónenme, hice un fatal prejuicio de las cosas de ese momento, exclamó con
voz angustiada Shadany.
-Papá, lo siento, estaba muy asustada y yo no sabía por qué mi mamá
te había alejado de nosotros. Perdónenme a mí, yo fui la causa de todo este
desastre, reconoció Kim.
-Levántate, le dijo a Kim, no es tu culpa, nada de lo que nos pasó
fue tu culpa.
-Lo lamento, lo siento, Perry, perdóname, insistía Shadany.
-Sí, sí te perdono.
-Papi, papi, te extrañé tanto, insistía Kim en los brazos de Perry.
-Claro que sí mi muñeca hermosa, las extrañé tanto.
En ese momento, los policías se retiraron tras recibir un reporte
que el verdadero Perry había sido atrapado y se había declarado culpable de
todos los cargos imputados.
Se fundieron en un abrazo como nueva familia y entonces Perry miró a
la nada y les dijo: ¡vámonos de aquí, vamos a otros lados a olvidar todos estos
años de amargura y decepción!
-¿A dónde iremos John?, preguntó Shadany con una nueva mirada.
-Vamos a Puerto las Peñas… ¡Puerto Vallarta!
Comenzaron a rasgar constantemente la puerta del jardín, Kim fue a
ver de qué se trataba y al abrir, un perro sucio y greñudo se abalanzó sobre
ella y entonces lo reconoció…
-¡Firulais, Firulais, mi hermoso Fifí, regresaste, mi perrito
hermoso, tú también perdóname por haberte abandonado!
El perro lamía la cara de Kim y corría por todo el jardín con gran
felicidad, hasta que entraron otros tres
perros, ¿Son tus amigos?, preguntó Kim.
-No importa, también son bienvenidos…
Así Kim sentada sobre el césped con el perro en sus brazos y su
familia de marco final, como relámpago recuperó ese último aliento de aquel día,
el comienzo de todo…
Escuchando los latidos de mi corazón, siguiéndolo con la mirada,
quedé impávida, desconcertada, hincada con la sangre escurriéndome entre las
piernas, cuando el hermano de la vecina hizo su maniobra, recogió su chamarra
que estaba sobre la silla del comedor, se puso la capucha a la cabeza, se
dirigió a la puerta de salida, volteó a verme con una sonrisa sarcástica y
levantando lentamente la mano derecha, apuntó con el dedo índice para cruzar
los labios y decirme… ¡Shhh!
FIN
